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Capones y biberones / Juego de Palabras / Gilberto D’ Estrabau

  • Gilberto Destrabau

Un grupo de piadosas damas en un pueblo, viendo que la capa pluvial del cura estaba destrozada, decidió hacer una colecta para reponerle su vestidura sagrada al párroco.

Sabían que el cacique era el hombre más rico de la región, pero también que era un anticlerical furibundo. De todos modos, fueron a pedirle una contribución.

El político las recibió amablemente y, luego que supo el propósito de la visita, preguntó cuánto necesitaban. Le dijeron que alrededor de 20 mil pesos.

– Así que 20 mil pesos para la capa del cura… – reflexionó el magnate.  No se hable más del asunto, señoras mías. Yo pongo todo el dinero que se necesite para la capa del cura. Pero eso sí: ¡lo capo yo!

Me recordó el anterior chistorete, la noticia de que la fracción priísta en la Asamblea Legislativa insistirá en aplicar la castración química a los violadores. Esto es, suprimirles la libido mediante la inhibición de la testosterona, u hormona masculina. Es una medida humana y hasta donde se sabe, efectiva. Sin embargo, se me hace poco ambiciosa y, por supuesto,
discriminatoria.

Poco ambiciosa porque los mismos fenómenos biológicos que empujan a los violadores, afectan a quienes cometen un delito si es posible más terrible y dañino: los pederastas (delincuentes que se encuentran frecuentemente entre los que visten capas pluviales en su

profesión). Según mis cortas luces, tanto a los violadores como a los pederastas debería aplicársele el mismo
tratamiento.

¿Y la discriminación? Bueno, es que también hay violadoras y pederastas entre las mujeres y, que yo sepa, nadie ha hablado de corregirles sus inclinaciones químicamente, aunque supongo que el procedimiento sería inverso en sus casos. O sea, aumentar la cantidad de progesterona en su sistema, para hacerlas más femeninas, u obligarlas a usar una versión ad hoc del medieval cinturón de castidad, en combinación con una mascarilla del tipo Aníbal Lecter. Porque son muy mañosas las condenadas.
Biberocracia parlamentaria

También del parlamentarismo oficialista surgen propuestas revolucionarias contra ciertas patologías. Pero en este caso, se trata de la única enfermedad que se cura con el tiempo: la juventud.

La diputada priísta, Ana Georgina Zapata Lucero, presidenta de la Comisión de Trabajo y Previsión Social, está promoviendo una reforma constitucional para permitir que los jóvenes de 18 años, que ya votan, también puedan ser votados. Una de las razones a favor sería que el 20 por ciento de la población empadronada la constituyen jóvenes entre 18 y 24 años.

Actualmente, la edad mínima para aspirar a una diputación federal es de 21 años. O sea, que los jóvenes de menos de esa edad son ciudadanos de segunda clase, pues son legalmente mayores de edad a los 18 años, pueden votar, pagar impuestos, ir a la cárcel si comente delitos…pueden hacer todo, menos ejercer el derecho fundamental de la
democracia.

Dice la diputada Zapata que la Constitución se contradice a sí misma, pues en su Artículo primero, prohíbe cualquier discriminación por motivos de edad o cualquier otro que atente contra la dignidad humana y anule o menoscabe los derechos y libertades de los mexicanos.
Buenos días. Buena suerte.

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