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Cárcel, libertad y dignidad / El Agua del Molino / Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

El Derecho Penal culmina, cual si fuera la punta acicular de un campanario, en la cárcel o pérdida de la libertad, salvo que hubiera pena capital, lo cual no implica la pérdida de la libertad esencial, de conciencia, ni mucho menos la de su dignidad. Esto es así desde los orígenes doctrinales de nuestra disciplina y al margen de las vicisitudes de la historia, porque de sobra sabemos cómo han sido violados tales principios en las dictaduras de cualquier clase, dictaduras en que el hombre es un medio y nunca un fin. Observo al respecto que cuando decimos “pro homine” solemos pasar por alto precisamente el espíritu individual, quedándonos meramente en la superficie o apariencia del asunto, o sea, en el hombre superficial. Por eso aludo a la dignidad, que es la substancia de la libertad y de la mayoría de los derechos. El error es quedarse, pues, en la mera garantía de un derecho que lo único que hace es “garantizarlo”. El Derecho en su espíritu es en consecuencia el eje del problema.

Ahora bien, la libertad humana con su consecuente dignidad son en rigor intransferibles. En este sentido y conforme lo dispuesto en el artículo 18 de la Constitución en relación con los artículos 1º (derechos humanos y garantías para garantizar su ejercicio) y 133 (prioridad de la Constitución sobre las leyes y tratados) aquéllas son valores inherentes a la persona, al hombre y al puesto que ocupa en el cosmos, parafraseando a Max Scheler. No hay que olvidar que el Derecho es de suyo normativo, valorativo y que desde sus orígenes en la filosofía clásica ve en el hombre un punto de referencia de un bien universal. Quizá nunca se hayan escrito en occidente páginas más reveladoras que De Civitate Dei para confrontar la Ciudad Ideal con la real, política y social, que es la del hombre. Fue como si el gran pensador estrujase en el espacio correspondiente al César. En tal contexto el hecho concreto es que la libertad esencial del hombre es intocable, invulnerable, dependido por supuesto de su voluntad. Nelson Mandela y Gandhi son ejemplos admirables al respecto, y en otro espacio Bertrand Russell al llevar a la filosofía el problema jurídico de la objeción de conciencia. En suma, el contrato social no incluye el espíritu del hombre sino su forma de actuar en sociedad, su espacio histórico. Y es por eso que la ley penal contiene fórmulas que protegen la libertad y la dignidad en sus raíces. Yo no coincido con aquellos que a mi juicio confunden la humanización de las penas con la blandura de las penas. La pena es la pena y su aparente benignidad no es más que eso, apariencia. En cambio paliar su dureza e inflexibilidad es señal de comprensión del sentido verdadero de la función punitiva del Estado. La gran verdad es ésta: el peor criminal no ha perdido la dignidad que impulsa a la verdadera libertad.
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