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Carta para tu centenario

  • Andrea Cataño

Hoy soy la voz de todas las hijas que han perdido a su madre,

Ama Mitxelena

Hoy hubieras cumplido cien años. Recordar del latín re-cordis es volver a pasar por el corazón. En esto, como en tantas otras cosas, soy como tú, un alma memoriosa y melancólica, ávida de asir hasta el más leve fulgor de cada cosa que me confirma lo que soy y de dónde vengo.

Cierro los ojos para sentirme de nuevo en tu vientre, para escuchar tu latido, para abandonarme segura y flotar en tu espacio sagrado, antes de que me dieras mi nombre vasco, Andrea, Andresha, el ama, la señora, la dueña, el nombre de mi bisabuela de cabellos de lino y ojos de mar como los tuyos, la que arrullaba a sus niñas con nanas en euskera.” Haurtxo polita sehaskan dago, zapi xuritan, txit bero. Amonak dio: ene potxolo, arren egin ba, lo, lo. Txakur haundia etorriko da zuk ez badeza egiten lo; horregatik, ba, ene potxolo, egin aguro lo, lo, lo”. (Mi precioso niño está en la cuna, muy calentito, entre sábanas blancas. Mi precioso niño está en la cuna, muy calentito, entre sábanas blancas. La abuela te susurra: duerme, precioso mío, duérmete ya, lo, lo).

Respiro desde mi nombre elegido desde tu estirpe celta. Las fibras de mi ser son de árbol y montaña y mi oído se reconoce en el rumor de los bosques vascos habitados por maris y sugaars, lamias y zenzegorris, cuyas historias me contabas hechizada.

Deseo todos los días regresar a ese tibio espacio tuyo donde germinaba la vida que no conoce el dolor, la vida que salta, que ríe, que canta y es sabia. Me sumergo en esa consagrada humedad, con el cordón indesprendible que me hace una contigo para apretar a la muerte hasta achicarla y no que salga a encajarme sus dientes negros o me robe tu luz.

Todavía no sé qué hacer con tu muerte. Trato de acomodármela cada mañana, ya junto a mi costilla, ya sobre el corazón, o bajo los párpados cuando los abro y veo tus fotografías en mi librero. Me pongo tus collares, llevo tu pañuelito conmigo pero sigo huyendo de tu perfume porque ese aroma impregnó tu ataúd y mi ira por ese “nunca más” que clausuró tus ojos.

Con la nostalgia anudada al delantal, preparo tus recetas, cada año en Navidad, el bacalao, hace casi veinte no está tu mano vasca que le daba el toque de mi abuela, de mi bisabuela y de las mujeres que fueron antes de nosotras por generaciones, ahora queda mi mano y en su palma, la alquimia del ajo y la cebolla, el pimiento y la semilla de cilantro tostada para repetir el milagro del sabor de nuestro linaje.

En mi alma se quedó el jardín de Lección de cosas. Día con día lo visito, entre lágrimas, entre risas envueltas en saudade. Acudo a tus palabras para llenar de sol el pozo oscurísimo e insondable de tu ausencia. Y sí, ya sé lo que somos: “un momento de luz para que alguien resucite y alguien sobreviva”. Me consuela saber que, “somos las criaturas, el suspiro dinástico. La flor, sede fugaz, madre instantánea del fruto sin invierno. Hoy un nombre de rosa, única y sola. Y siempre la raíz múltiple y una”

Mami, tenías razón, te busco y te encuentro siempre en el jardín que me sembraste donde “están las palabras que se le caen a Dios entre la hierba”.
andreacatano@gmail.com