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Cauces / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

La recaptura de “El Chapo” abrió nuevos cauces para investigar una de las modalidades de corrupción que agobian a México. Los centros de readaptación social, como ahora se les llama a las cárceles, son centros de intensa, espesa corrupción. El dinero propicia la introducción de todo tipo alimentos –de elemental sazón hasta las más elevadas exquisiteces culinarias. De cigarros de las mejores marcas de tabacos rubios de las nacionalidades más conocidas; puros de las más finas picaduras enredadas en amplias y aromáticas hojas de tabacos especiales. Y otras yerbas también, enredadas en la modalidad denominada carrujo, la manera tradicional de envolver cannabis: cáñamo índico, la grifa, yerba…

También el dinero abre puertas para salir discretamente algunas noches. Y permite disfrutar celdas-habitaciones confortables. O evita participar en las rutinarias faenas de aseo de patios y celdas. Salvo dos fugas espectaculares nunca investigadas a fondo, perpetradas con helicópteros que se mantuvieron siempre en el aire, a milímetros de la azotea de un reclusorio recién estrenado, ninguna había ocurrido con el grado de planeación y largo tiempo de ejecución intelectual y técnica que demandó la de “El Chapo” el domingo 12 julio de 2015, a partir de las 20 horas y 52 minutos.

Hubo ceses inmediatos. Pero aún no se han dado a conocer ni los más elementales indicios de las investigaciones que lleven a conocer a quienes colaboraron desde dentro del penal y afuera de él en la portentosa escapatoria. El inicio de la investigación no habría sido difícil. Todos quienes laboraban en el penal de más alta seguridad de la República tenían registros siempre actualizados y en gavetas de archiveros al alcance inmediato de cualquier autoridad superior de la organización de alta seguridad federal.

Hay cálculos de la cuantía en pesos y centavos de la corrupción en las administraciones de los tres órdenes del Gobierno mexicano. Asciende a un elevado porcentaje del producto nacional, del Producto Interno Bruto. Casi llega al 10 por ciento. Son muchos, pero muchos millones y billones de pesos. El pasmo que ocasiona la cifra impide mantenerla en la memoria. Los periódicos, la radio y la TV la dieron a conocer hace tiempo. Curiosamente, la revelación de la cuantía provocó escasos y pardos comentarios. Seguramente porque la hizo un puñado de analistas del Banco Mundial. Y el tono de la información sonaba a boletín redactado con la asepsia burocrática que caracteriza a los que formulan las oficinas de relaciones públicas del Gobierno federal, de los gobiernos estatales o de los atildados voceros de los cabildos mexicanos.

Las once reformas promovidas por el Gobierno actual no han resultado espectaculares. Sus resultados serán apreciados en el mediano plazo. Y será dilatado.

Lo que resultaría trepidante y conmovedoramente valiente, porque serviría de aviso a quienes han hecho de sutrabajo burocrático y de sus actividades “políticas” una fuente inagotable de dinero, sería sujetar a proceso penal a quienes estuvieron coludidos en la fuga del sexenio debido a los siderales sobornos que recibieron.

Ese sería el primer indicio de una reforma que conduzca al saneamiento de los trabajos políticos y administrativos que hoy se desempeñan por el tentador interés de recibir inimaginables beneficios económicos a lo largo de un sexenio. Nuño, de Educación, ya se atrevió a eliminar de las nóminas de la Secretaría más de dos mil sueldos de comisionados en los diversos comités ejecutivos del SNTE, que la SEP sufragó durante más de cincuenta años. Es urgente continuar con los ceses y desafueros de funcionarios y políticos influyentes que reciben miles de millones pesos de los grupos de interés particular. El ahorro equilibraría las finanzas públicas nacionales en un instante.