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CdMx, la manzana de la discordia

  • Eduardo Andrade

  • Dr. Eduardo Andrade Sánchez

Un mal augurio para el desarrollo del proceso constituyente de la capital fue la fricción ocurrida con motivo de la composición de la Mesa de Decanos, que debe presidir la instalación formal de la Asamblea Constituyente. La discordia giró en torno a la validez de la presidencia de dicha mesa por parte del experimentado político Augusto Gomez Villanueva quien indiscutiblemente, de entre los constituyentes de mayor edad, es el que cuenta con la mayor antigüedad legislativa federal, ya que formó parte de la XLVI Legislatura del Congreso de la Unión. Resultaba de todo punto improcedente pretender impugnarlo por el hecho de provenir de una designación presidencial hecha con plena legitimidad constitucional. La inconformidad planteada por el partido Morena, a sabiendas de que todos los miembros de esa Asamblea tienen iguales derechos y de que don Augusto cumple escrupulosamente los requisitos constitucionales, es un anuncio del tenso clima que puede imperar en la redacción de la Constitución capitalina.

Esta tensión la alienta una Exposición de Motivos cuyo sesgo ideológico partidista no abona a un ambiente de construcción de consensos. En ella se descalifica el periodo en que el Distrito Federal estuvo gobernado por las autoridades nacionales, sin atender a las razones teóricas e históricas que justificaban dicho régimen y sus juicios son particularmente críticos de la etapa de los Gobiernos revolucionarios, pese a que estos apoyaron el florecimiento de la ciudad mediante fuertes inversiones que la colocaron entre las más importantes urbes del planeta, al punto de ser la primera sede de unos Juegos Olímpicos en Latinoamérica.

Sin referencia alguna a esos logros, el texto introductorio daría la impresión a quien no conozca México, de que la capital hubiese sido la región más marginada y oprimida de la Nación y la Federación, por un ogro cruel y malvado que abusaba de los pobres capitalinos.

El dictamen que recaiga a este tendencioso proyecto debe remarcar que el diseño original del Distrito Federal en la Constitución de 1824 obedecía a la adopción del sistema federal basado en el modelo estadunidense en el que los poderes de la Unión debían asentarse en un territorio no perteneciente a ningún estado, para garantizar la neutralidad de su ubicación y evitar la influencia indebida de poderes establecidos en una entidad federativa. Este esquema resultaba de muy difícil adaptación al resolver, aunque con reticencias, que la capital fuese la Ciudad de México, centro histórico, político, económico, administrativo, religioso y cultural del país. Por ese hecho, sus habitantes han gozado de innumerables ventajas pues disfrutaron siempre de un nivel de vida superior a la media nacional, contaban con los mejores centros educativos y de salud; con la mejor infraestructura y los servicios más modernos sustentados en la acción del Gobierno federal. Todo ello atraía a una población cada vez más numerosa, informada y dueña de una conciencia política que conducía a cuestionar el que la posición privilegiada que tenía en diversos ámbitos, no se correspondía con la imposibilidad de elegir a sus autoridades. Para corregir esta paradoja, las diversas fuerzas políticas que operaban en su seno, donde se incubó la pluralidad luego extendida a todo el país, construyeron los consensos necesarios para realizar las reformas políticas que condujeron finalmente a la autonomía de la ciudad y a la posibilidad de darse su propia constitución.

Esta sería una visión más justa y equilibrada.

eduardoandrade1948@gmail.com