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Certeza / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

El doctor Carstens fue designado por la revista británica The Banker “el más destacado gobernador de un Banco Central” en 2012. El secretario Videgaray de Hacienda lo reconoció como “el mejor banquero del mundo”, hace algunas semanas. El lunes 11, el subsecretario Aportela, de Hacienda, informó que de los 239 mil millones de pesos que el Banco Central obtuvo como ganancias en el mercado de divisas, se destinarían a Pemex 167 mil millones para aliviar su “deuda acumulada.” “En el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público–SHRFSP— aparece ese saldo vencido. Cuando Pemex reciba los 167 mil millones, disminuirá en esa cantidad sus saldo deudor”, explicó una analista financiera profesional privada. “Estos movimientos aligeran las preocupaciones del Gobierno federal respecto de la calificación crediticia que merecerá en diciembre.” “Si la situación financiera de Pemex no se alivia y el precio del crudo se pronostica muy abajo de los 50 dólares, Pemex seguirá necesitando apoyos contantes y sonantes, lo que traería como consecuencia una menor calificación crediticia en diciembre y eso podría provocar una salida de capitales de México”. Ese fue el vaticinio de la analista del Banco Base.

La inteligencia de Carstens relumbró de nuevo. Sus decisiones de vender dólares en las primeras semanas de febrero, mantuvieron el precario equilibrio peso-dólar y de paso salvó a Pemex. El martes 12, el Fondo Monetario Internacional, en sus Reuniones de Primavera en el Distrito de Columbia, pronosticó el crecimiento mexicano en 2.4: dos puntos abajo de su predicción de enero. Y auguró que en 2020, el PIB podría crecer en 3 por ciento.

Los anuncios de la reducción del saldo deudor de Pemex indujeron a algunos historiadores de la economía mexicana a recordar los períodos en que Petróleos Mexicanos fue la piedra angular del desarrollo económico del país, hasta que fue transformada en un recaudador fiscal disfrazado. La demanda de combustibles se satisfacía a precios inferiores a los del mercado internacional. Entonces se modernizaron y se construyeron refinerías. Se fundó el Instituto Mexicano del Petróleo, comenzaron a construirse nuevas petroquímicas para satisfacer la demanda nacional y se exportaban amoniaco, fertilizantes e insumos para la industria textil.

Sin aviso comenzó a darse preferencia a la producción de crudo y se redujo la refinación. La petroquímica mereció registros de pérdidas que inhibieron su desarrollo. Pemex exploración y Producción, durante el auge de los precios del crudo, aumentó sus exportaciones hacia Estados Unidos. La recaudación de impuestos y gravámenes se dedicó al pago de dispendiosos gastos corrientes y de intereses de operaciones financieras fallidas. El crudo se convirtió en la principal exportación mexicana, en vez de emplearlo como el recurso fundamental para la industrialización. La política hacendaria en esos tiempos sirvió para gravar los ingresos de Pemex, incluido la totalidad de los excedentes de explotación para que fueran captados sin trámites por la Secretaría de Hacienda. El presupuesto anticipado de Pemex fue asimilado al Presupuesto General de Egresos de la Federación. Se convirtió a la muy productiva paraestatal petrolera en una recaudadora de impuestos disfrazada de empresa escasamente rentable. La paraestatal nunca más pudo diseñar su presupuesto. Fue convertida, mediante una desgastante información de fracasos que se le adjudicaron, en un parásito del desarrollo nacional que otras industrias propiciaban. Quizá Petróleos Mexicanos, liberado de su ingrata función, durante 40 años, como recaudador fiscal disfrazado, comience la reconstrucción de su organización productiva, compleja: eficaz catalizadora, precursora de cambios económicos y financieros indispensables en un mundo cada vez más incierto. La certeza mexicana hoy sigue siendo ¡el petróleo! Hasta que se acabe.