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Cervantes / El Agua del Molino / Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

Para todos los que pensamos (¿sentimos?) y escribimos en español, el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes tiene un significado muy especial en este mundo en que cotidianamente (en libros, revistas, periódicos, radio, televisión, redes sociales) se maltrata el español y se lo substituye ocasionalmente por palabras sin alma, sin espíritu, literalmente inventadas y no rescatadas de la fuente de la cultura popular. Incluso en la cúpula oficial de nuestra lengua (diccionario de la Real Academia de la Lengua Española) se mutilan reglas de honda tradición y se trazan caminos rígidos para hablarla o escribirla. Al respecto yo sostengo que esta revolución, con el peligro de volverse involución, repercute en el espacio del pensar volviéndolo torpe balbuceo de ideas y también de sentimientos. Y en medio de tal panorama se ha olvidado algo fundamental, a saber, que el idioma brota como el agua del manantial, con una espontaneidad libre de principios y prejuicios. La gran verdad es que Cervantes escribía, pensaba y sentía según y conforme iba viviendo. Su hablar era vivir. No hay que perder de vista, en esto que digo, que la intensidad, dimensión y profundidad con que se vive hace casi obligatorio pensar y obviamente sentir; lo que es imposible sin eso que llamamos lengua, idioma. No se puede pensar sobre un vacío sin letras, sin palabras (¡menudo problema para los lingüistas!), porque se piensa o se pensaría en el vacío, lanzándose una especie de bumerán al aire que regresaría fatalmente al lanzador pero sin respuesta. No se olvide que pensar y hablar es dialogar, no importa que en el extremo, con uno mismo.

Yo tengo para mí que el decaimiento del idioma incide en la naturaleza más profunda del hombre. Somos según hablamos. Y no es tanto cuestión de reglas, de que se nos enseñe a hablar. El hecho es que hay raíces muy profundas entre el idioma y los valores, el mundo de los valores. Se suele olvidar, por ejemplo, que “el Quijote”, amén de ser un libro de caballerías, con todo lo que ello implica, es un libro de valores, en especial de exaltación y búsqueda de la justicia. El idioma nace aquí de la mano de la pasión por la justicia. Sin esa fiebre de justicia el español habría perdido aliento. A un idioma lo caracteriza algo, algo que le da e imprime su sello. Y para defender ese algo con pasión hay que hablar, hay que hablarlo. Cervantes busca, inspirándose en la realidad, lo que tantos juristas buscan enredando los hilos de teorías y más teorías. Nuestro idioma son sin duda Don Quijote y Sancho, el ideal y la realidad en vínculo estrecho. Razón ésta por la que si no se tienen ambos en el catálogo de las experiencias propias, el idioma va desfalleciendo por falta de aliento. En este orden de ideas la tecnología de nuestro siglo va avanzando de manera impresionante. ¿Pero qué es lo que pensamos, qué es lo que decimos, qué es lo que queremos decir? El gran riesgo es que reduzcamos tanto nuestra capacidad de pensar y de hablar que nos quedemos con pocas, poquísimas palabras, olvidando que en la vida se halla su fuente, su manantial. Por eso es que la enseñanza de Cervantes es la de ir hablando y viviendo al mismo tiempo, la de forjar en la fragua de la vida el poder y el sentido del idioma, la de avivar las palabras en el fuego de la experiencia. Hay que evitar a toda costa la ruptura entre el hablar y el vivir. Por último: ¿fue Cervantes un erudito? No, los eruditos vinieron después. Lo que significa que habría que defender, como mensaje cervantino para las nuevas generaciones y para toda clase de comunicadores que hoy “inundan” el mundo, que nuestro idioma, el español, pierde rumbo si olvidamos el binomio hablar-vivir pero siempre al servicio de ideas e ideales.
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