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Claridad / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

Los discursos son transacciones de riqueza humana: muy graves e influyentes transacciones. Esta afirmación es de Hegel. ¿Cuáles son los deberes, las obligaciones de quien le habla a una asamblea de ávidos escuchas? Discernir el desarrollo de un acontecimiento, advertir de sus posibles consecuencias, pronosticarlas, sugerir responsabilidades y proponer remedios o anticipar sus beneficios, son responsabilidades de alguien que habla con responsabilidad a quienes confían en él, sea un gobernante, un científico, una hombre de talento, un religioso o sencillamente un hombre bondadoso o una mujer lúcida. Los discursos perennemente valiosos que se conservan como modelos para la posteridad, tienen las características apuntadas. En el pasado, se calificaban como elocuentes. Hoy se califican como eficaces. Son estímulos para discernir el futuro de las sociedades.

En México, siguen vigentes las 23 oraciones que José María Morelos leyó el 14 de septiembre de 1813, para explicar la necesidad del Congreso de Chilpancingo: las denominó Sentimientos de la Nación. Su sencillez es portentosa y, en consecuencia, tienen un inmenso poder de explicación que propicia su inmediata aceptación. La número cinco precisa que la Soberanía dimana directamente del pueblo el cual la deposita en sus representantes. La 11 afirma que los Estados mudan costumbres. Por consiguiente “la patria no será libre del todo, mientras no reforme el Gobierno y venza al enemigo que se ha declarado contra la nación.” La 12 afirma que la buena ley es superior a todo hombre. La 13 explica que las leyes comprenden a todos. En América mexicana no deben reconocerse personas o grupos con fueros privilegiados.

Años después, 1928, Plutarco Elías Calles afirma que se presenta la oportunidad, quizá única, de hacer un decidido intento de pasar de la categoría de pueblo y de gobiernos de caudillos a la más alta y más respetada y más productiva y más pacífica y más civilizada condición de pueblo de instituciones y de leyes. El Congreso ha de satisfacer mejor las necesidades nacionales, cuando logremos, por el respeto al voto, que estén en él representadas todas las tendencias, los intereses legítimos, y los de quienes puedan sentirse enemigos de lo que ha creado la Revolución. Surgirá la garantía de paz material estable, seguridad de paz orgánica, cuando todos puedan hallar el respeto y la garantía de sus derechos políticos y de sus intereses materiales…

La claridad de ideas, propuestas y conclusiones ha sido la nota dominante de la visita del Papa Francisco a Cuba y a Estados Unidos. Ninguna palabra rebuscada, pretendidamente técnica, ni de significado ambiguo. Discurso claro, sólido, preciso. Palabras al alcance de todos. No empleó terminajos con significados neutros o recónditos. Así habló y actuó en Cuba. No soslayó a los 50 disidentes presos. Les dio la importancia que merecen dentro de una nación que ha padecido el cerco, el sitio de más larga duración, ¡50 años!, en la historia de la humanidad, no obstante tiene medicina curativa y correctiva en constante avance. Un sistema educativo ejemplar y una población que, no obstante, sus carencias tiene mejores oportunidades vitales que cuando su distribución dependía del color de la piel y de la fe elegida. Su lúcida, simpática, profunda capacidad de interlocución con base en palabras que todos entienden tendrá efectos inmediatos en ese país, y también del otro, poderosísimo, que visitó después. Conmovió a los Republicanos en el Senado. Desde esa tribuna su lenguaje, su ademán aseguraron el advenimiento de una etapa de entendimiento a través del respeto a la discrepancia, del intercambio de ideas y de una nueva actitud para aceptar al mundo contemporáneo en su plena diversidad física, intelectual y de propósitos. La fórmula esta propuesta y al parecer aceptada. El mundo es complejo. Hablemos de todo. Y dialoguemos.