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Clásico / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

En 1960 Sartre señaló que “la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes: quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas”. Con ese dato abre el prefacio –ahora calificado como clásico– que escribiera el filósofo, novelista, crítico y activista francés, autor de La Náusea y Premio Nobel de Literatura, para la primera edición de Los condenados de la Tierra, de Franz Fanon. Ese libro resumió los reclamos de los habitantes de los territorios que Francia, Alemania, Holanda, Inglaterra, Italia y España convirtieron en sus colonias en el continente africano, en islas y diversas partes de las costas del sur del continente americano, durante la cuarta década del siglo XIX.

La primera fase de ese periodo colonial fue sangrienta. Después empresarios y gobernantes optaron por el sometimiento de los “indígenas” a través de las universidades y tecnológicos que aceptaban en diplomados, maestrías y “doctorados” en Europa, a los hijos de la élite burocrática y “cultural” que auxiliaría en la administración de las colonias. Así aceptarían en sus territorios de origen, las normas de comportamiento que el cruel padre colonial habría de imponerles. Los sucesores de los dirigentes de los triunfantes partidos de liberación nacional fueron deglutidos por los nuevos administradores al recibir sueldos, prebendas y puestos… como ocurrió aquí con la Coordinadora Nacional, la cual fue absorbida por tres administraciones oaxaqueñas al entregársele el manejo de un presupuesto de varios miles de millones de pesos.

Cincuenta y cinco años después de la mencionada observación de Sartre, el mundo tiene 7 mil 215 millones de habitantes y los mismos 500 millones de hombres. Pero los indígenas son hoy 6 mil 715 millones. Prevalece la insolente división de “hombres” e indígenas: los primeros son los iluminados por insuflamiento divino; los segundos son los condenados de la tierra, por decisión de los iluminados.

Fue un éxito la fabricación europea de una élite indígena, recuerda Sartre en su prefacio: “A los adolescentes se les introdujeron, sonoras, largas, pastosas palabras durante sus breves estancias en escuelas de educación media y después en las universidades. Se les regresaba falsificados a su países…”. “Europa creyó que había helenizado a los asiáticos, que había creado una ‘especie’ nueva: los indígenas, los negros grecolatinos. Y con sentido práctico aconsejaba: hay que dejarlos gritar, eso los calma. Perro que ladra no muerde”. Así procedió también el hijo predilecto de Europa en el nuevo continente. Primero solicitó, al estallar la Segunda Guerra Mundial, un ejército civil de mexicanos que atravesara su frontera protegidos por la tarjeta verde expedida por ¡The Bracero Program! para suplir en la producción agrícola a algunos millones de jóvenes estadunidenses destacados en los frentes europeos y luego en los que se abrieron en el norte y el occidente de África y en algunas costas del Mediterráneo y del Pacífico del Sur. Muchos mexicanos se quedaron. México fue visto a partir de entonces como un problema de migración, mayoritariamente indígena, a través de una “frontera porosa la cual hay que eliminar con una barda de acero y concreto a lo largo 3 mil 200 kilómetros.” Las administraciones mexicanas no han visto que esos hombres que se van al otro lado, son la solución a la insuficiente producción de alimentos para consumo interno. Sus descendientes que han estudiado en escuelas medias y superiores les han enseñado nuevas técnicas de siembra y cosecha de granos en las parcelas que hacen productivas a pesar de estar en las laderas de las montañas y en los efímeros valles. En los mexicanos descendientes de las naciones originales, los indígenas como les llama Sartre, según la tradición Europea que él asimila, está la solución al principal problema de México que ya asoma amenazante: la producción de alimentos.