imagotipo

Clinton, Trump y el sexismo / Nicholas D. Kristof

  • Nicholas D. Kristof

Durante gran parte de su carrera, Hillary Clinton ha sufrido por ser feminista.

Conservar su apellido de soltera le costó a su marido la gubernatura de Arkansas en 1980 (después de eso adoptó el de Clinton). En 1992 se burlaron de ella por decir que no sería “una mujercita al lado de su hombre” y por declarar: “Supongo que pude haberme quedado en casa y preparar galletas y té, pero lo que yo decidí fue ejercer mi profesión”.

Incluso cuando aspiró a la candidatura presidencial en 2008, Hillary Clinton sufrió desaires como el de dos hombres de un programa de radio que le gritaron: “¡Plánchame las camisas!”.

Así pues, es una medida de lo mucho que ha cambiado el país que en estos días Clinton se presente como feminista, después de años de evitar la cuestión. En 2008, ella apenas mencionó su género; ahora es un estribillo. “Esto en realidad se resume en ver si puedo animar y movilizar a las mujeres para que voten por la primera mujer en la Presidencia”, declaró a la revista Time. Incluso dijo que estaría abierta a elegir a otra mujer como compañera de fórmula.

Cuando una encuesta Gallup preguntó por primera vez si los estadunidenses estaban dispuestos a votar por una mujer como presidente, en 1937, solo la tercera parte respondió que sí. Para el año pasado, 92 por ciento contestó con la afirmativa.

Otra encuesta Gallup encontró que lo que más gusta de la candidatura de Clinton es su género. Sus cromosomas son, al menos para los demócratas, su mejor argumento de venta.

Por otra parte, quizá también sea un signo de progreso que las mujeres jóvenes no estén particularmente inclinadas a apoyar a Clinton. Es menos probable que ellas sientan que su espacio está limitado por topes corporativos.

Las mujeres están influyendo en el debate público de una manera muy saludable. Para mí, un indicio fue cuando el presidente Barack Obama declaró recientemente que no debería haber impuesto sobre las toallas sanitarias.

En unos 40 Estados se grava la venta de toallas sanitarias y otros productos necesarios en la menstruación como si no fueran de primera necesidad. En los últimos años, las mujeres han lanzado una campaña para cambiar esa situación y una mujer (por supuesto) le preguntó a Obama al respecto.

“Confieso que no estaba al tanto de esto antes de que usted me lo señalara”, admitió Obama. “Tengo que decirle que no tengo idea de por qué los Estados los gravan como si fueran artículos de lujo. Yo sospecho que es porque eran hombres quienes hacían las leyes cuando se aprobaron esos impuestos”.

Que le pregunten al presidente sobre su política sobre las toallas sanitarias es una señal de que las mujeres cada vez son parte más importante de la conversación. Yo espero que las mujeres presionen en favor de una discusión más sólida sobre la violencia doméstica, la trata humana, la medicina reproductiva, la paga igualitaria y los derechos de las mujeres en todo el mundo; cuestiones que no reciben la atención que merecen cuando los hombres monopolizan el escenario.

Las líderes no siempre están tan enfocadas en los derechos de las mujeres como podría pensarse, pero eso no se aplica a Clinton. Cuando ella viajaba como secretaria de Estado, puso de relieve estos temas visitando a sobrevivientes de la trata sexual en la India y reuniéndose con activistas que luchan contra el matrimonio infantil en Yemen.

Clinton ha declarado incansablemente que darles facultades a las mujeres reduce la influencia de los grupos extremistas.

También podríamos estar viendo una reacción en contra de las actitudes contra las mujeres fuertes. Cuando Donald Trump dio a entender que Megyn Kelly, de Fox News, hacía preguntas difíciles porque estaba menstruando; y cuando dijo que Carly Fiorina era inadecuada para la presidencia debido a su aspecto, el público se rio de él más que con él.

El disgusto de Trump hacia las funciones corporales femeninas -también ha dicho que el hecho de que las mujeres orinen o se saquen leche del pecho es “asqueroso”- también parece muy de los años setenta. En nuestros días, lo que es asqueroso no son las funciones corporales, sino el hecho de que Trump se sienta incómodo con ellas.

Cuando los republicanos hacen comentarios sexistas -Trump usando una obscenidad al hablar de la derrota de Clinton ante Obama en 2008 o Cruz diciendo que Clinton necesitaba unas nalgadas-, el equipo de campaña de Clinton apenas puede ocultar su deleite al hacer sonar las trompetas.

“No le vamos a responder a Trump”, dijo en Twitter Jennifer Palmieri, asistente de la campaña, “pero sí debería de responderle cualquiera que entienda la humillación que les inflige a las mujeres ese lenguaje degradante”.

Una forma en que han cambiado las actitudes tiene que ver con la depredación sexual. Hoy en día no se tolera poner en vergüenza a las mujeres que lanzan acusaciones, que fue en esencial el enfoque asumido por la campaña de Bill Clinton en 1992.

Así pues, ahora a Hillary Clinton le reprochan haber ayudado a estigmatizar a las mujeres que acusaron a su marido de mala conducta, lo que significa que ella podría pagar un precio más alto que el que pagó Bill por sus correrías. Esa ironía resume la perogrullada de que por mucho que progresemos, a las mujeres se les sigue exigiendo más que a los hombres.