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Coatzacoalcos: ¿una bomba de tiempo? | María Antonieta Collins

  • María Antonieta Collins

Al ver en las pantallas de los monitores de la redacción el nombre de Pajaritos ligado a una explosión, se me enchinó la piel y de inmediato pensé en esa tierra que tan bien conozco, donde pase parte de mi infancia, mi adolescencia y de donde me fui pasados los veinte años.

Llamé de inmediato a la mejor amiga que la vida me ha dado: mi hermana la Chata Tubilla quien espantada me confirma lo que inicialmente decían los cables… que una monstruosa explosión había cimbrado la región.

“Las cortinas de los cuartos de la casa volaron”, me dice aún aterrada por el estruendo que despertó a Coatzacoalcos de su somnolencia vespertina.

Pronto comenzaron las versiones, que si diez, que si sesenta habían sido los muertos, que seguramente serían más, y nuevamente el desconcierto ante la actitud de la paraestatal Pemex quien dijo primero que solo tres.

La gente en Coatzacoalcos está furiosa, y están furiosos en Allende, al lado de Pajaritos, donde se asienta la mayor industria petroquímica de México que alguna vez fue la más grande de América Latina.

“¿Por qué mentir? –dicen por todas partes- ¿Por qué no decir la verdad? ¿Qué de malo tiene que reconozcan que son cifras desconocidas?”

Estoy de acuerdo. No saberlo en una tragedia de esas dimensiones no es pecado.

Lo que sí es reprobable, es la hipocresía que raya en lo indecible de los comunicados oficiales y que distan de una realidad que había estado escondida.

La empresa Mexichen había adquirido la Planta de Clorados en una secreta negociación, dice la gente. ¿Dónde está el dueño si es una empresa privada?

“El problema mayor es que no sabemos hasta dónde puede llegar el peligro –me dice un anónimo residente de Coatzacoalcos-. Sabemos que en Pajaritos se manejan cosas peligrosas, pero no sabemos hasta dónde ese peligro nos puede costar instantáneamente la vida. ¿Quién sabe del mantenimiento que se le da a las plantas? ¿Quién que no diga mentiras puede hablar con la verdad que puede convertir con un poco de mala suerte a nuestra región en un inmenso cementerio?

Me quedo pensando en eso cuando le hablo a la Chata Tubilla a Coatzacoalcos y me dice que la solidaridad de nuestra gente es impresionante.

“Dan ganas de llorar porque en verdad que todos hemos salido a ver en que podemos ayudar. Hacen falta muchas cosas, pero la gente más humilde es la que más da. Afuera del Hospital Civil donde atienden a las victimas hay una señora que llevó una enorme olla llena de agua de Jamaica para dársela a los familiares que llevan ahí desde el miércoles. Y la gente ha llegado con comida, con agua, y con más cosas. Las que tiene y hasta las que se quita de la boca para darla a quien no tiene. Se necesitan antibióticos, medicina para el dolor y cada cual, a como puede, ha ido a las farmacias a comprar cosas para llevar al hospital. Es tal la cooperación que en muchas farmacias las medicinas de este tipo se están agotando, lo que no es problema porque se vuelven a surtir.”

Me quedo pensando en un dato: desde la década de los noventa, la zona no sabía lo que era una explosión del tamaño de esta. Recuerdo, cuando joven, alguna que hubo de mucho menores dimensiones pero que nos produjo un síndrome de susto, que, viviendo en Allende, justo al lado de Pajaritos, con el menor tronido salíamos corriendo de las casas despavoridos y eso nos duró un tiempo. Hoy sería más que bueno que alguien tomara el control y previniera antes de lamentar: más claro, que se revisaran una a una esas viejísimas instalaciones de la década de los sesenta, para darle seguimiento a lo que mañana podría convertirse en una gran catástrofe, y tomar la explosión del miércoles como la alarma que sonó previniendo el estallido, algún día de una bomba de tiempo.