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Comercio y tribulación | Paul Krugman

  • Paul Krugman

¿Por qué ganó estrechamente Bernie Sanders en Michigan, cuando las encuestas mostraban que Hillary Clinton tenía una gran ventaja? Nadie lo sabe realmente, pero hay mucha especulación de que Sanders pudiera haber ganado tracción machacando los males de los acuerdos de comercio. En el ínterin, Donald Trump, si bien ha dirigido la mayoría de su fuego en contra de los inmigrantes, también ha estado criticando con dureza las prácticas comerciales de China, supuestamente injustas, y de otras naciones.

Así que, ¿ha llegado finalmente el momento proteccionista? Quizá sí, quizá no: hay otras posibles explicaciones para Michigan, y promotores del libre comercio repetidamente han gritado que viene el lobo con respecto a oleadas proteccionistas que nunca se materializaron. De cualquier forma, esta vez podría ser diferente. Y si el proteccionismo realmente se está volviendo una importante fuerza política, ¿cómo debería responder la gente razonable; esto es, economistas y otros?

Para darle sentido al debate sobre comercio, hay tres cosas que necesitan saber.

La primera es que hemos llegado a donde estamos – un mundo mayormente de libre comercio – a través de un proceso de varias generaciones de diplomacia internacional, remontándonos hasta los tiempos de Franklin D. Roosevelt. Este proceso combina una serie de quid pro quo – yo abriré mis mercados si tú abres los tuyos – con reglas para prevenir recaídas.

La segunda es que los proteccionistas casi siempre exageran los efectos adversos de la liberalización del comercio. La globalización es apenas uno de varios factores detrás de creciente desigualdad en el ingreso, y los acuerdos de comercio son, a su vez, tan solo un factor en la globalización. Los déficits comerciales han sido una importante causa del descenso en el empleo de la manufactura estadunidense desde 2000, pero ese descenso empezó mucho antes. Además, incluso nuestros déficits de comercio son principalmente el resultado de factores diferentes a la política de comercio, como un dólar fuerte apuntalado por el capital global en busca de un refugio seguro.

Y sí, Sanders está haciendo demagogia del tema, por ejemplo con un comentario en Twitter vinculando el deterioro de Detroit, que empezó en los años 60 y ha tenido muy poco que ver con la liberalización del comercio, con “las políticas de libre comercio de Hillary Clinton”.

Dicho eso, no todos los defensores del libre comercio son paragones de honestidad intelectual. De hecho, el argumento de la élite para un comercio siempre más libre, el que oye la población, es mayormente una estafa. Eso es cierto incluso si se excluye las tonterías más flagrantes, como el alegato de Mitt Romney en el sentido de que el proteccionismo causa recesiones. Lo que usted oye, con demasiada frecuencia, son alegatos con respecto a que el comercio es un motor de creación de empleos, que los acuerdos de comercio tendrán grandes dividendos en términos de crecimiento económico y que son buenos para todos.

Sin embargo, lo que los modelos de comercio internacional usados por expertos reales dicen es que, en general, los acuerdos que conducen a más comercio ni crean ni destruyen empleos; que suelen hacer que los países sean más eficientes y más ricos, pero que los números no son descomunales; y que fácilmente pueden producir tanto perdedores como ganadores. En principio, las ganancias generales significa que los ganadores podrían compensar a los perdedores, para que así todos ganen. En la práctica, particularmente dado el obstruccionismo de tierra quemada del Partido Republicano, eso no va a pasar.

¿Por qué, entonces, fuimos alguna vez en pos de estos acuerdos? Una gran parte de la respuesta está en la política exterior: Acuerdos globales de comercio de los años 40 a los 80 (del siglo XX) fueron empleados para unir a naciones democráticas durante la Guerra Fría, el TNLC fue usado para recompensar y alentar a reformistas mexicanos, y así por el estilo.

Además, a cualquiera que esté cargando la mano por esos tratos del pasado, como Trump o Sanders, se les debería preguntar qué, exactamente, proponen hacer ahora. ¿Están diciendo que deberíamos destrozar acuerdos internacionales de Estados Unidos? ¿Han pensado lo que eso haría a nuestra credibilidad y estatura en el mundo?

En lo que me descubro pensando, en particular, es en el cambio climático: problema de suma importancia que no podemos enfrentar de manera efectiva a menos que todas las grandes naciones participen en un esfuerzo conjunto, con el Acuerdo de París del año pasado siendo apenas el comienzo. ¿Cómo va a funcionar eso si Estados Unidos demuestra que es una nación que reniega de sus acuerdos?

Lo más que pudiera pedir responsablemente un progresista, yo argumentaría, es un alto total a tratos ulteriores, o cuando menos presuponer qué tratos propuestos son culpables a menos que se demuestre su inocencia.

La dura cuestión a manejar aquí es la Sociedad Transpacífica, que la administración Obama ha negociado pero el Congreso aún no aprueba. (Me considero un oponente suave: No es obra del diablo, pero realmente desearía que el presidente Barack Obama no hubiera entrado ahí.) Personas que respeto en la Administración dicen que debería considerarse como un trato existente que debería valer; yo argumentaría que hay mucha menos credibilidad estadunidense en juego ,de lo que ellos alegan.

Sin embargo, el punto mayor en esta temporada electoral es que los políticos deberían ser honestos y realistas con respecto al comercio, en vez de dar golpes bajos. Es fácil posar; resulta mucho más difícil averiguar qué podemos y deberíamos hacer. Sin embargo, saben, esa es la tarea de un aspirante a Presidente.

© The New York Times 2016

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