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¿Cómo dijo?

  • Cómo dijo: Ricardo Espinosa

  • Más allá del nombre el sobrenombre

El muchacho tenía una deformación en la pierna y caminaba “chueco” y como el adjetivo “chueco” en México se aplica también al que pasó la aduana fronteriza ilegalmente, le apodábamos “el ilegal”. ¿Por qué ilegal? Pues porque “anda chueco”, aclarábamos. El apodo era cruel, pero no dejaba de ser gracioso.

Así son los apodos. A veces constituyen verdadero derroche de ingenio: había en mi escuela un compañero al que le decíamos “el diosito” ¿Por qué el diosito? Pues porque nadie lo puede ver.

A otro que era también de esos de “sangre pesada” le apodamos “el chicle” ¿Por qué el chicle? Pues porque nadie “lo traga”, es decir, nadie lo acepta, a nadie “le cae bien”. A otro sujeto de ese mismo tipo le llegó –no sé de donde- el apodo de “El caracol” ¿Y por qué el caracol? Pues por cornudo, arrastrado
y baboso.

Yo tuve un compañero de trabajo que se llamaba Jesús pero más que por su nombre, se le conocía por el apodo de “el general” Sí, el general “porque general-mente no estaba haciendo nada”. Y efectivamente era un tipo de lo más holgazán que de veras hacía honor al sobrenombre.

A una maestra que teníamos y que no era ninguna belleza, le apodábamos (a espaldas de ella, por supuesto) “la muela” ¿y por qué la muela? Pues porque está “toda picada” –decíamos- y efectivamente tenía el rostro lleno de “picaduras” que la hacían verse fatal.

Había en otro grupo una profesora a la que los muchachos maloras le pusieron el apodo de “el álgebra”y no porque fuera maestra de matemáticas. Le decían “el álgebra” porque estaba llena de operaciones, o sea, de intervenciones de cirugía plástica, tenía casi tantas o tal vez más que Michael Jackson.

Hay apodos que se refieren simplemente a una característica física sobresaliente, como es el caso de “el chato”, “la flaca” o “el narizotas”. “Gordo y gorda” según el caso, son apodos cariñosos entre la pareja, aún cuando ni él ni ella sean realmente personas obesas.

Los nombres de animales también abundan aplicados como apodos: ahí tenemos a “el chucho”, “el caballo” o “la yegua”. También le llamamos “la chiva” o “la borrega”, (así en femenino) a un tipo, aunque sea hombre, precisamente para hacer más grotesco el sobrenombre.

En nuestros años mozos, en el barrio había muchachas muy famosas por su apodo de las que ni siquiera sabíamos el verdadero nombre: me acuerdo de una apodada “la cocacola” porque nos parecía que su cuerpo curvilíneo se asemejaba a la silueta del envase del refresco que también tenía sus pronunciadas curvas.

En el lado opuesto estaba “la güera Sinatra” que cualquiera, al oír el apodo, podía pensar que tenía una cara parecida a la de Frank Sinatra lo cual ya de por sí hubiera sido una tragedia, pero no, ya aclarando “la güera Sinatra” resultaba ser “la güera sin-atractivo”.

Consultorio Verbal

Comodijo2@hotmail.com
PREGUNTA DEL PÚBLICO: Hernán González: He leido en inhumerables ocasiones la palabra “giriolo”. La he buscado en el diccionario de la Real Academia Española y no la he encontrado. ¿Existe acaso esta palabra o es del buen gusto gramatical usarla?

RESPUESTA: La palabra giriolo debe haber surgido –como tantas otras- del habla popular. Muchas veces son descomposiciones de otras palabras y no hay de ellas un registro académico.

PREGUNTA.- Le pregunto ¿sabe usted cuáles son las manchas hemáticas? Las manchas hemáticas son:

a.- manchas de sangre.

b.- manchas en el mar.

c.- manchas de aceite.

d.- manchas que no se ven.
RESPUESTA.- a. La raíz griega hema se refiere a la sangre. Las manchas hemáticas son manchas de sangre

Y me voy con esta reflexión: recuerda siempre que los libros son normas, pero también son armas ¿cómo dijo? Hasta la próxima.