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Como director opino ESTO

  • Como director opino ESTO: Salvador Aguilera

Están listas las semifinales de la Liga MX, pero hoy el tema no es ese. Realmente me alarma que la violencia en el futbol mexicano siga creciendo y que sólo veamos comunicados en los que se reprocha la actitud de los aficionados rijosos, como si eso fuera a solucionar los problemas. Para colmo, las sanciones siempre se quedan cortas, como sucedió después del duelo Veracruz-Tigres. Aquella bronca sólo quedó en multa y un partido de veto que resultó de risa, cuando había argumentos para un mayor castigo.

¿Qué estamos esperando en el futbol mexicano? ¿Qué queremos que suceda para tomar las medidas pertinentes?

Ni los malos ejemplos que hemos visto en el futbol argentino nos han servido para detener esta violencia en claro crecimiento. Pareciera que el problema es poca cosa, porque nada logra sensibilizarnos. Ante esta situación desenfrenada, me da la impresión de que buscamos ahuyentar a las familias de los estadios, que no queremos ver más niños en las tribunas y que es mejor darle entrada a las barras, porque alientan todo el partido, y el equipo se siente apoyado. No importa que después terminen a trompadas con las barras del rival, total hubo un gran ambiente en la tribuna. Realmente enferma que el futbol mexicano no le ponga un final a la violencia y que no existan, al menos, estrategias para evitar esos posibles brotes. Desde antes del inicio de la Liguilla se sabía qué partidos podían ser de alto riesgo y llegó el momento de tomar medidas extremas para evitar otras golpizas. El futbol tampoco puede ser usado como pretexto para que las frustraciones de algunos “aficionados” se descarguen sobre los seguidores del oponente. Estamos en plena Liguilla, a la que acostumbramos llamar la “Fiesta Grande” y no puede ser que la violencia vaya incluida.

Felicidades a los semifinalistas. Tigres luce poderoso, después de haber echado de manera contundente al Monterrey; las Chivas pasaron con lo mínimo; Toluca la sufrió con el Santos, y Xolos parece que esta vez no cree en maldiciones. Del arbitraje, mejor ni hablar, dejó qué desear.