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¿Cómo olvidar después tantos insultos?

  • María Antonieta Collins

Desde Miami

  • María Antonieta Collins

Ya no se trata de lo que se diga de aquí a dentro de tres meses que sean las elecciones presidenciales de Estados Unidos y todo, más o menos, vuelva a la normalidad. No. De eso no se trata.

Cada vez que escucho a Donald Trump, llamar a su contrincante “Corrupta Hillary” para dirigirse a ella, siento que se me hace un nudo en el estómago. No porque sea su partidaria. A Dios gracias yo soy votante independiente y he decidido serlo así para no cometer errores del pasado.

Pero lo que yo siento con cada insulto que le dirige, como si ella fuera quien lo hace, al dirigirse ofensivamente a su contrincante es lo que me molesta y me preocupa.

¿De qué manera alguien que quiere que votemos por Él para ser nuestro Comandante en Jefe, puede tener no solo el voto, sino el respeto de los electores?

¿De qué forma podría reaccionar ante un acto terrorista donde se afecten los intereses del país, si no es lanzando una diatriba de calificativos ofensivos contra quien pueda? Por supuesto que eso, sin tener en cuenta el poder para desatar un conflicto en aras de no tener la calma para sopesar la situación y lo mejor que pueda hacerse en cada caso.

Pero más allá de todo eso, se encuentra la forma en la que, siendo políticamente correctos, el candidato que pierde, siempre acepta, “concede” le dicen aquí, su derrota llamando por teléfono al contrario y deseándole lo mejor.

Sucedió en el famoso duelo Nixon-Kennedy, cuando la llamada deseándole lo mejor al ganador y al país, aconteció y ha sucedido así en decenas de ocasiones entre los políticos que participan en una carrera electoral.

Digamos que es una buena costumbre de ejercicio cívico que aquí no creo que sucediera.

La belicosidad verbal del candidato republicano contra quien sea, le hace perder el centro de la situación. Peor aún.

¿Cómo puede llevarse a cabo una sanación que cierre, realmente las heridas de la campaña electoral presidencial más larga que hemos sufrido los electores de este país en la historia, si no hay nadie que pare, a quien no parece tener la deferencia del que pierde o que va perdiendo votantes?

No lo sé, y me preocupa.

Porque una cosa es decirse diminutivos, llamar al contrario con apodos, pero no con términos que en otras circunstancias, hubiesen sido atendidos con sendas demandas ante las cortes por difamación de persona, y otra cosa, es el insulto por el solo hecho de dañar.

Me pongo a pensar en las relaciones laterales de los candidatos, peor aún cuando éstos tienen hijas, el señor Trump a Ivanka que es amiga de Chelsea la hija de su odiada rival Hillary, y pienso en lo que esas muchachas, que son otra generación, pueden decirle a la hora de la cena, tratándose de jóvenes como nuestras hijas, que no perdonan cualquier desatino que hacemos sus padres y que de inmediato hacen notar.

¿Acaso en el seno de los TrumpIvanka –la imagino- no le ha dicho a su padre: “Ya bájale  una raya a esto papa, que se te está pasando la mano? Es probable que sí. Muy probable.

Especialmente porque vi a Trump decir en una entrevista, al término de la convención demócrata, cuando Chelsea Clinton dijo ser amiga de Ivanka.

“Al oír eso llamé a Ivanka y le dije: ¿Qué te cae bien Chelsea? –dijo Trump- y me respondió, si papá me cae bien. Y yo dije, ah, ok.”

Quizá al final como todos los padres, sea a través del consejo de un hijo que el Sr. Trump entienda, que ofender no es el camino. Que a los rivales se les acaba con hechos y con caballerosidad. Y que hay palabras que no se pueden olvidar ni recoger.