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Compañeras de viaje, quince relatos… | Profesión escritora | Andrea Balanzario

  • Profesión escritora: Andrea Balanzario

Antes de comentar este libro de Soledad Puértolas, notable escritora española, me gustaría confirmar la declaración de otra autora peninsular, Laura Freixas; esta última advierte una crítica polarizada en su país, en otras palabras, al buscar información en la red para esta nota encontré bastantes opiniones, las favorables están firmadas por lectoras, blogueras, críticas o fans “femeninas” de Puértolas. Al contrario, casi sin necesitar ver quién firmaba el veredicto negativo, son hombres quienes devalúan la obra de las mujeres que escriben… incluso un lector (o crítico, quién sabe) llega a opinar sobre “Historia de un abrigo”, otro libro de Puértolas, que el título es ¡engañoso! Solo porque la historia es sobre la fallecida propietaria del abrigo. En fin, Freixas tiene razón, parece ser que la testosterona no soporta bien el talento de su contraparte. Te invito a leer éste y los otros 30 libros publicados por Puértolas.

LA autora Laura Freixas.

LA autora Laura Freixas.

Compañeras de viaje

En este libro de relatos, publicado por vez primera en 2010, Soledad Puértolas centra su atención en una serie de personajes femeninos que, por diversas razones, acompañan a alguien en un viaje que, en principio, no les concierne, pero que propicia episodios reveladores de lo que son y de la relación que mantienen con el otro. El lector acaba por descubrir en el interior de estas mujeres soñadoras, inquietas y temerosas un extraño empeño, una rara obstinación por ser ellas mismas y participa de esos momentos de intensa felicidad, que todos esperamos de los viajes. Lejos de los escenarios de nuestra cotidianidad se puede sentir la sombra oscura del desamparo, pero también el dulce resplandor de la libertad.

-Empieza a leer

El relato se llama “Música”. Cuando llegaba el verano y los niños eran pequeños, empezábamos a pensar en el largo viaje a Galicia, en todos los problemas que el viaje planteaba. Antes de nada, habría que decidir, un año más, si iríamos a la casa familiar o buscaríamos algo por nuestra cuenta. Los inconvenientes de ir a la casa familiar eran obvios y, si un año íbamos, al siguiente no nos quedaba el menor atisbo de ganas de volver. Pero buscarnos la vida por nuestra cuenta tampoco era un asunto sencillo. Había que ponerse a pensar meses antes de que llegara el calor y nos dejara atontados y sin recursos, de lo contrario, ya estarían comprometidas las casas de alquiler más interesantes. Por falta de previsión, tuvimos que pasar más de un verano en Madrid, haciendo breves escapadas a un lado y a otro.

Veraneo español

Una vez tomada la decisión de pasar el verano en Galicia, ya fuera en la incierta casa de alquiler apalabrada hacía meses o en la agobiante casa familiar, estaba el asunto del coche. Durante aquellos años, fuimos propietarios de una sucesión de coches, a cual más quebradizo. En diferentes tramos del largo viaje a Galicia, aquellos coches se detenían, con una insultante falta de consideración sobre la posibilidad de que hubiera o no talleres de reparación cerca, o de que fuese domingo y estuvieran todos cerrados. Hubiéramos debido viajar siempre en días laborables, por el asunto de los talleres, pero cada vez que emprendíamos el viaje, nos olvidábamos de la amenaza de la avería -bastantes cosas teníamos que resolver antes de ponernos en marcha- y nos lanzábamos a la carretera, casi siempre en domingo para evitar los camiones. Uno de los coches que más problemas nos dio fue un viejo Saab que había pertenecido al padre de mi marido. Era un coche muy bonito, marrón metalizado, que nunca funcionó del todo bien, era el típico coche del que se decía que había salido mal. Pero nos gustaba mucho, no solo porque tenía una línea muy elegante, sino porque era grande y cómodo. Hasta el momento, habíamos tenido un SEAT 800, un Diane y un Seat 127.

Compañeras de viaje

En el viaje que se destaca ahora en mi memoria, uno de los inevitables y larguísimos viajes con avería, viajábamos dos adultos -mi marido y yo- y tres niños, mis dos hijos, de dos y siete años, y un amigo del mayor. No llevábamos el remolque con el pequeño velero de mi marido, que, junto con los perros, se incorporó a nuestro viaje, también con avería, del siguiente año, cuyo punto de destino fue el más lejano de todos —habíamos alquilado una casa al borde del arenal de Abelleira, junto a la ría de Muros—, y que fue uno de los veranos más tranquilos y felices de aquella época. Pero en esta ocasión nos dirigíamos a la casa familiar.

Continúa leyendo este relato y los otros catorce que componen el libro, así tú: lectora, lector, decides si la crítica literaria está cargada con hormonas o, más vale aceptar el talento literario sin filiaciones genéricas. El libro cuesta 330 pesos, está disponible en librerías.

/arm