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Con Valor y Con Verdad

  • Gustavo Rentería

  • Gustavo Rentería
  • Yo nunca más regreso

 

Viajar, sin duda, es uno de los grandes placeres. Y cuando las cosas van bien, se tornan  fáciles y sin contratiempos, aún más.

Pero si todo es un caos, en el aeropuerto por ejemplo, puede ser una de las experiencias más traumáticas.

Déjeme reseñarle, de manera muy breve respetado lector, lo que vi apenas ayer en la terminal internacional Benito Juárez, en la Ciudad de México.

Una familia extranjera pretendía volar hacia Orlando, previamente había hecho el check-in y traía impresos los pases de abordar.

Tomó un taxi desde su hotel y por la sorpresa del padre intuyó que le robaron, bajaron en donde decía Volaris, pero nadie les avisó que era del otro lado de la terminal 1, ya que hasta allá está la salida internacional. Claro, tuvieron que contratar a un maletero, ya que el sindicato tiene el control de los paquetes, sin que uno pueda manejar su propio carrito.

Como todos los que sorteamos la saturada terminal aérea, aquella pobre familia, fue esquivando decenas de personas que esperan a pasajeros: un verdadero campo de recreo de choferes, taxistas, ayudantes, escoltas y trabajadores de distintas empresas, que literalmente atacan a los recién llegados con promociones, desde renta de autos, cuartos de hotel, restaurantes y hasta table dances. También gente en el suelo que duerme, sin posibilidad de rentar una cama en el más modesto hostal.

Por fin llegaron, cruzaron el primer filtro, eran un grupo de 4, pero tenían que pasar a las computadoras ahí instaladas. ¿por qué, si ya habían hecho todo con la antelación debida? Pues no, otra vez. La reserva no estaba, los pasaportes estadunidense no los detecta el sistema, el estado de Florida la olvidó el programador, entonces había que poner dos veces Orlando.

Imprimieron sus tickets de maletas, pero tenían que meter a cada de ellas -cubiertas con plásticos y perfectamente cerradas con candados-, una copia de esos comprobantes.

Ahora a formarse de nuevo, para pesarlas, y entregarlas. De nada había servidor el trabajo en el business center del hotel y el paso por los ordenadores. El supervisor o coordinador de las líneas, malhumorado entre centenas de viajeros, no más no daba una. Ni si quiera hablaba inglés.

Por fin lograron llegar a un mostrador, pero se colapsó la computadora: media hora más. El vuelo ya estaba a punto de partir. Corren a los puntos de seguridad, y otro caos para abordar: amontonados, las damas desorientadas y los policías sin información alguna.

Antes de perderlos tras la oruga que los comunicaría a su avión, solo escuché a la señora: “muy bonito país, pero todo es complicado aquí; yo nunca más regreso”.

Así las cosas, nos urge el nuevo aeropuerto y trabajar y mucho, en el servicio. Si queremos de verdad ser una potencia mundial de la industria sin chimeneas, nos falta avanzar bastante para compararnos con los grandes destinos. ¿Verdad secretarios De La Madrid y Torruco?
*Periodista, editor y radiodifusor

@GustavoRenteria

www.GustavoRenteria.mx