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Constitución / Pablo Marantes

  • Pablo Marentes

Por lo que falta, ya cumplió la Constitución mexicana del cinco de febrero de 1917, 100 años de vida con sus 135 artículos y los 19 transitorios. La que publica Porrúa mide 17 centímetros de largo por 11 de ancho. Tiene 49 páginas y no pesa más de 100 gramos, con todo y reformas. Basta leerla para entenderla. Cualquier persona que lee Vanidades, Lágrimas y Risas, Hola edición mexicana, Memín Pinguin o El Mueble, también entenderá la Constitución y se emocionará.

Podrá uno llorar de tristeza al terminar de leer y entender por la sencillez de su estructura gramatical espléndida; el Artículo 28, es además heroico, porque vive violado, profundamente violado. Seguramente recordamos que nos advierte que “en los Estados Unidos Mexicanos quedan prohibidos los monopolios, las prácticas monopólicas, los estancos, y las exenciones de impuestos… El mismo tratamiento merecen las prohibiciones a título de protección a la industria. En consecuencia, la ley castigará severamente –percatémonos que se abstiene de señalar el famoso énfasis de “hasta sus últimas consecuencias”- y las autoridades perseguirán con eficacia, toda concentración o acaparamiento en una o pocas manos de artículos de consumo necesario, que tenga por objeto elevar los precios; todo acuerdo, procedimiento, combinación de productores, industriales o comerciales o empresarios de servicios que de cualquier manera hagan, para evitar la libre concurrencia o la competencia entre sí y obligar a los consumidores a pagar precios exagerados y, en general, todo lo que constituya una ventaja indebida a favor de una o varias personas y con perjuicio del público en general o de alguna clases social”.

Aclara que “No constituyen monopolios las funciones que el Estado ejerza, a través del banco central, en las áreas estratégicas de acuñación de moneda y emisión de billetes”. Esas concentraciones, combinaciones o acaparamientos de productores, industriales o comerciales o empresarios de servicios para evitar la libre competencia, están prohibidas en el mundo entero. Aquí, en México, a pesar de la espléndida redacción constitucional, existen estas combinaciones.

La Constitution of theUnited States que publica revisada y actualizada Floyd G. Cullop, la editorial Mentor Books, es de dimensiones semejantes a las de esa joya editorial publicada por Porrúa. Y esto es posible porque todos sabemos que la Constitución Americana tiene un preámbulo, siete artículos, el último de los cuales lo denominaron “Ratification”, y finalmente las 10 enmiendas, las 10 reformas que son mejor conocidas como Las Garantías Individuales: The Bill of Rights.

Pero después de esas primeras 10 reformas, la Constitución de Estados Unidos mantiene su texto original intocado, impecable, sin heridas. Y todas las reformas y adiciones provienen de la interpretación que de ellos cotidianamente hacen los magistrados de la Suprema Corte, se van coleccionando en libreros, en los despachos de los abogados, en dos o tres anaqueles de dos metros de ancho por tres de alto. Y conforme aumentan las interpretaciones, va aumentando el número de volúmenes en los añosos libreros. Pero la redacción original de la compacta Constitución Americana, nadie la toca. Esa permanece tan clara, tan breve, tan legible, como los 136 artículos –todos ya reformados y muy bien impresos- de la centenaria y sabia Constitución Mexicana del cinco de febrero de 1917. Para que nunca perdamos la memoria de la versión original. El nacimiento de la Ciudad de México ha vuelto a originar viejos propósitos de “reformar” la Constitución de 1917. Tratemos de impedir que maten a la Constitución Mexicana.