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Contacto emocional | Mujeres en busca de sexo | Celia Gómez Ramos

  • Editoriales

“A veces en el propio corazón de la

palabra se reconoce el silencio”.

Clarice Lispector

Estamos en diciembre ya, y mucho ha cambiado este planeta en solo un año. Y cómo no, si son los instantes, los que definen todo, para bien y para mal.

He silenciado mi teléfono celular, para que únicamente escuche el sonido de una llamada telefónica y no otras notificaciones, que dicho sea de paso, es en la madrugada cuando aparecen. Un poco de calma y de silencio no está de más. Como si pudiese transcurrir el mundo frente a uno, sin ruido, sin palabras, y aun así, apreciarlo completamente. Es más, por lo mismo, poder disfrutarlo con mayor intensidad, tanto en el silencio, como cuando éste se acaba, al decidirlo en primera persona.

Estaba muy feliz, habiéndolo logrado y conciliando el sueño (debo decirles que mi horario es de las cuatro de la mañana a las diez de la noche), tenía dos deliciosas horas descansando, cuando suenan las bocinas del Gobierno de la Ciudad de México. El trance fue largo, pues quien sabe desde dónde venía yo y en qué paraje feliz me encontraba, en que archivo de otro mundo. Vivo en un Eje Vial, y tengo en la esquina el mentado altavoz.

Ya una ocasión habían utilizado este artefacto a las 22:00 horas haciendo unas tales pruebas de audio, después ha servido para alerta sísmica y esta ocasión a las 24:00 horas, para buscar a una persona extraviada, a la que por cierto ya encontraron, aunque no sabemos bien si el haber despertado a la comunidad, haya tenido que ver, con que alguien haya salido de su casa y tocado el botón rojo del poste del altavoz, notificando un posible paradero o alguna referencia. Yo -y no por ser inconsciente-, no habría dejado mi casa a esa hora, para ir a tocar el botón rojo y hacer señalamiento alguno. Como si nuestra ciudad fuera tan segura.

Bueno, les digo esto, porque desde que se han puesto estas bocinas, siento que lo que quieren hacer es ponernos el diablo en el cuerpo… Y estos días no fue la excepción, porque aunque se supone que existe un protocolo, parece que todo lo vamos haciendo sobre las rodillas, a ensayo y error. Según esto, para mandar mensajes solo puede ser de las 7:00 de la mañana a las 21:00 horas. Aún con esos horarios, no me quiero imaginar si cada persona perdida será voceada de esta forma, porque eso sí que hará que nos volvamos locos.

Además, ni siquiera se entiende lo que dicen, con la reverberación y eco. Qué miedo, parecía también, que venía del más allá, igual que yo. Pienso que un día se les ocurrirá leernos un cuento erótico por los altavoces de la Ciudad de México, ¿se imaginan? Aunque luego pongan a los lectores en arresto.

O qué tal, que aprieten el botón equivocado y estén en pleno apasionamiento, cual si fuese hotel, en la oficina de los altavoces. Sería divino. Ya me lo imagino. Ahí sí, que todos nos levantaríamos a presionar el botón rojo, buscando el silencio.

Y les digo, no es que sea insensible a la desaparición de nadie. De hecho, nadie debería desaparecer, aunque muchas veces quisiéramos hacerlo de nuestras propias vidas y aventurarnos a otras.

Mejor aún, se me ocurre, que seres muy informados, nos hablen como en la farándula, de lo que ocurre en las habitaciones institucionales, de los chismes y conquistas del momento, y que lo sometan a la consideración de los escuchas a través de las bocinas. En este caso, de los habitantes de la ciudad. Y no quiero pensar que un día nos convoquen a la acción, porque algún asaltante se les escapa y transita por determinadas calles. ¡Huy!, y ya vienen a mi mente tantas ideas más…

No quiero ni pensar lo que pueda ocurrir estos días con esas bocinas y sus botones rojos… Por lo pronto, quiero poner sobre la mesa –sobre la página-, lo siguiente:

Imaginar siempre podrá ser mayormente gratificante o terrible, que lo existente. Entonces, ustedes sabrán que tan altas son las expectativas de aquello que pretenden llevar a cabo, con todas las variables que uno no habrá de controlar. Si aun así vale la pena, pues a dejarse llevar, que el año se nos acaba.

En tanto, cierro los ojos y observo tu rostro, esperando acaso el contacto con mis labios; esos que también, te han estado esperando. Tan solo de pensarte, me estremezco.

Comentarios: celiatgramos@gmail.com

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