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Contra la discriminación

  • Benjamín González Roaro

En pleno siglo XXI, el mundo se encuentra frente a grandes contradicciones. En las últimas décadas hemos sido testigos de la consolidación de la democracia como la forma de Gobierno más extendida y aceptada en las sociedades, pero al mismo tiempo, también presenciamos la agudización de graves déficits en el campo social: pobreza, desigualdad, exclusión, violencia, inseguridad, corrupción y ausencia de oportunidades para que las mujeres y los hombres puedan vivir dignamente.

En este contexto, la discriminación también es una expresión más de los peores males de nuestro tiempo. Y, desde mi punto de vista, tiene que ver con la violación de los Derechos Humanos, el abuso y la falta de respeto a la dignidad de quienes se encuentran en una situación de desventaja, desprecio y vulnerabilidad en varios aspectos de sus vidas; por la condición económica y social, por el origen étnico o de nacionalidad, la edad, la preferencia sexual, la religión, la lengua y las características físicas, entre otras más.

Es una gran contradicción que Estados Unidos, considerado hasta hace no mucho como un país con una de las mejores democracias, sea el que en estos momentos esté dando las peores muestras de intolerancia, persecución y abuso en contra de los migrantes.

Es lamentable que esta discriminación y xenofobia sean desatadas por el propio presidente de una nación. Desde luego, todos sabíamos que este tipo de prácticas constituyeron gran parte de las promesas de campaña de Donald Trump a la presidencia, pero cuando esto se ha convertido ya en una obsesión del nuevo Gobierno que -por ahora y salvo la Corte- no tiene contrapesos efectivos, entonces seguiremos presenciando los peores excesos.

Con estas referencias, quiero hacer mención a dos celebraciones internacionales a cargo de la ONU y que tienen lugar en el mes de marzo: el Día de la Cero Discriminación, el 1 de este mes y el Día de la Eliminación de la Discriminación Racial, a realizarse el próximo 21. Ambas, que reivindican la lucha contra la discriminación, el racismo, la xenofobia y la intolerancia, no podían haber llegado en mejor momento, especialmente para nuestro país, pero tampoco pueden quedar en simples actos protocolarios.

Estoy convencido de que una de las mejores vías para construir un dique a la ola discriminatoria que tiene lugar en Estados Unidos, es impulsar un gran frente internacional, lo suficientemente sólido y unificado, que logre sumar la participación de otros actores políticos, económicos y sociales, con la capacidad suficiente para ejercer una efectiva presión a los excesos de Trump.

Desde luego, son bienvenidas las críticas expresadas por presidentes, actores, grandes empresas de tecnología, influyentes medios de comunicación y destacadas personalidades, pero éstas corren el riesgo de convertirse en opiniones aisladas. La ONU debe desplegar todas sus capacidades para articular el rechazo que surge en diversas partes del mundo y emitir, al menos, un pronunciamiento categórico y contundente, avalado por la comunidad internacional, en defensa de México y los mexicanos.

Por supuesto, para que esto sea posible, nuestro país necesita desplegar un intenso cabildeo y activismo político y diplomático a nivel internacional, que le permita ganar aliados. En este punto aún falta mucho por hacer.

Es necesario hacer ver al señor Trump que México no está solo y el mundo entero debe enviar este
mensaje.