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Crisis de autoridad y descomposición social: de Ajalpan a Patricia / Betty Zanolli

  • Betty Zanolli

De acuerdo con distintos estudios realizados sobre el tema de los linchamientos en México, se ha podido constatar que su incidencia va a la alza. Tan solo entre 2014 y 2015 han tenido lugar casi una treintena de eventos de esta naturaleza en diversas entidades como Chiapas, Puebla, Tabasco, Oaxaca, Estado de México, Quintana Roo, Campeche, Hidalgo, Veracruz, Distrito Federal, así como Baja California, siendo el último de ellos el acaecido cruentamente en el municipio poblano de Ajalpan. Sí, después de los dramáticos sucesos aislados que tuvieron lugar en 1968 en san Miguel Canoa, Puebla, cuando fueron linchados un campesino y tres trabajadores de la Universidad Autónoma estatal, y quemados vivos dos agentes de la Policía Federal Preventiva en 2004 en San Juan Ixtayopan, delegación de Tláhuac, Distrito Federal, actualmente dicho fenómeno se está generalizando en el territorio nacional, lo que es en verdad alarmante. La pregunta es ¿por qué sucede, siempre con mayor algidez y encono?

No hay duda que estamos inmersos en un proceso de franca descomposición social, producto de una crisis profunda de valores, en el que la figura de la autoridad se ha quebrantado y perdido toda credibilidad, lo que ha agudizado una acendrada convicción de que si no es a través de la justicia realizada por propia mano, no será por medio de la intervención de la autoridad que se pueda acceder a la Justicia, luego de que ella misma se ha encargado inveteradamente de pulverizar toda esperanza de ser reconocida garante de la aplicación y respeto a la norma, desde el momento en que además de solapar la impunidad es partícipe recurrente de actos cada vez más escandalosos de corrupción. De ahí que en México la ley termine siendo referente nulo de un Estado de Derecho inexistente y su sociedad presa de la criminalidad ante la negligencia y abandono del Estado del que es víctima también. Consecuencia lógica de lo cual es la reaparición de praxis sociales arcaicas como mecanismos emergentes en ciertos grupos que aspiran conquistar mayores niveles de “justicia”. En pocas palabras, la creciente violencia social es evidencia palpable de que México ha ingresado a una espiral de anomia de la que difícilmente podrá evadirse a corto plazo, pues todos sabemos que de nada sirve denunciar un delito si más del 90 por ciento de las denuncias no son investigadas, como lo demuestra el Índice Global de Impunidad, al ubicar a nuestro país en el segundo lugar de impunidad a nivel mundial y en el primero de América Latina.

En contraste, de pronto surgen luces de esperanza en el seno de esta misma sociedad que permiten creer que no todo está perdido. Hace unas horas México fue el centro de la atención mundial por la formación inédita del que ha sido calificado como el huracán más poderoso del que la humanidad haya tenido registro hasta ahora: “Patricia”, cuyo impacto no alcanzó las dimensiones catastróficas que se esperaban, pero que corroboró la urgente necesidad de que debemos instrumentar con toda seriedad y compromiso acciones que nos permitan enfrentar, en la medida de lo posible, el cambio climático que en nuestro país tendrá repercusiones particularmente graves; que ratificó el enorme sentido de solidaridad que existe aún en nuestra sociedad; que confirmó el papel decisivo que las redes sociales juegan en estos eventos, pero sobre todo, que mostró que cuando el Estado hace su parte, es posible evitar que los daños se escalen. Y es aquí donde encuentro la mayor lección y recordatorio de este fenómeno hidrometeorológico: en la medida que en una sociedad las condiciones de vida empeoran, crece la inflación, desempleo y pobreza, y las autoridades e instituciones gubernamentales tardan o dejan a su suerte a la sociedad, el Estado pierde legitimidad y razón de ser, propiciando con ello la violentización y el resurgimiento del atávico sentido de la justicia primitiva, pues cuando una sociedad está a la deriva su fragmentación interna se escala y el encono se potencializa.

México cuenta aún con el antídoto social y moral para esta ola de renovada violencia. Ojalá lo entienda la clase al poder y asuma su responsabilidad.
bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli