imagotipo

Crisis y parálisis social

  • Pedro Peñaloza

“Indudablemente hay más y peores cosas que las que sabemos y descubrimos”.

Martín Lutero

1. Entre la ficción y la impunidad. La detención del exgobernador de Veracruz es la continuación de una crisis política que tiende a profundizarse y que aún no sabemos sus verdaderos alcances e impactos en la estructura del sistema de dominación mexicano. Lejos estamos de haber imaginado la fractura de toda una generación de gobernadores que fueron ensalzados por Peña Nieto y que apostaban por inyectar nueva sangre al partido tricolor. Ahora, Yarrington y Javier Duarte se han convertido en las estampas de un modelo que cruje por todos lados y tiene tintes de estallidos de graves consecuencias para el priísmo.

La circunstancia actual exhibe a una red de complicidades que rompe fronteras estatales e institucionales. Desde todos lados se colectivizaron beneficios monetarios y se socializaron impunidades e inmunidades. Por lo pronto, la imaginación es ilimitada. Creemos saber desde donde se protegieron a los mandatarios, pero no hay certezas comprobables y verificables. Uno supone que la cadena tiene su inicio en la casa presidencial, pero aún no existen esas evidencias que conviertan la sospecha en delito.

2. El narcotráfico en casa. Todos los gobernadores que hoy están en el banquillo de los acusados han sido vinculados a la delincuencia organizada, ya sea por complicidad o por omisión. Es el derrumbe del discurso oficial, es el ejercicio de la doble moral institucionalizada y arraigada en los usos y costumbres de una clase política que enaltece y presume la lucha contra el crimen, pero convive y vive de él.

Estamos en presencia de la descomposición televisada y amplificada. Gobernadores y funcionarios de distintos niveles conectados en hechos delictivos que superan los actos tradicionales del vulgar robo al erario público, ahora mezclado con actividades insertas en contextos de la delincuencia organizada y de crímenes sin freno a quienes ventilan y exponen los intestinos de un aparato estatal corrupto. La oleada de ataques a periodistas es una manifestación gráfica y grave de esta nueva realidad.

3. Votos, dinero y poder. La fase que vivimos no es nada sencilla, la clase política, en sus distintas expresiones, navega entre el estiércol y las buenas maneras. Ofrece el mundo feliz a un electorado inerme y pasivo, y al mismo tiempo usa los peores métodos para obtener el poder. No hay fronteras que valgan, todo es aceptable y hasta reconocido para ejercer la dirección política y monopolizar las decisiones. Las elecciones se han convertido en ceremonias cíclicas y recurrentes para avalar a simuladores y depredadores. El sufragismo, tierra prometida de la democracia vernácula, es un acto momentáneo que no impacta en la vida cotidiana. Los electores cumplen con una liturgia sexenal o trianual y regresan a su mundo, a la cotidianidad de la inmovilidad, de la pasividad, y peor, de la complicidad. Dan un cheque en blanco con cifras estratosféricas y al portador. No existe ninguna conciencia del enorme valor que implica transferir la potestad del poder. Ya habrá tiempo de arrepentirse y realizar terapias de café o insultos en la clandestinidad. De nada servirá.

Las salidas sensatas se ven lejanas, el precipicio de las violencias ha llegado para quedarse. Las cárceles se pueblan de pobres y desesperados, la delincuencia se engrosa de jóvenes excluidos y marginados por las promesas de un capitalismo adormecedor.

Epílogo. Vivimos en el peor de los mundos: una clase política avariciosa y elemental, una corrupción que ha alcanzado niveles de metástasis, una población, mayoritariamente, prisionera de lo inmediato y rutinario, y, para cerrar el círculo, una burguesía glotona y parasita.
pedropenaloza@yahoo.com

@pedro_penaloz