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¡Cuánta falta hace Jacobo!

  • Eduardo Andrade

Jacobo Zabludowsky fue sin duda el periodista mexicano más destacado del siglo XX. El día 24 de este mes cumpliría 89 años, pero hace casi dos que resentimos el vacío que dejó en la opinión pública de nuestro país. Quienes lo tratamos le guardamos un gran cariño. Tuve la fortuna de trabajar bajo su dirección, siempre llena de enseñanzas y mantener con él una larga amistad hasta el final de su fructífera vida. A Sarita, su entrañable compañera, Jacobo le profesaba un profundo amor, por debajo del cual tres pasiones agitaban su gran corazón pródigo en amistosos afectos. Estas pasiones eran: los tangos, los toros y la Ciudad de México.

En la existencia cotidiana de ésta su ausencia es notable, según pude constatar hace unos días por la Reforma, que ha sido víctima de una brutal violación.

No me refiero al histórico movimiento encabezado por Juárez para sacar al país del Medioevo, el cual ha sufrido también sus buenas abolladuras, sino al Paseo más hermoso y emblemático de nuestra capital: el Paseo de la Reforma, hoy abierto en canal para satisfacer de mala manera una justa necesidad de transporte de los citadinos.

Estoy seguro que la voz de Jacobo se hubiera escuchado fuerte para combatir tan bárbara agresión a la estética urbana que es un importante valor a preservar como patrimonio cultural. Sinceramente no me explico cómo la Secretaría de Cultura del Gobierno Federal y particularmente el Instituto Nacional de Antropología e Historia, tan celoso para cuidar que un foco no afecte la estructura milenaria de nuestras pirámides, no pusieron el grito en el cielo para tratar de impedir ese salvaje atentado al paisaje urbano.

Entiendo que seguramente no contaban con una sólida base jurídica para hacerlo, de ser así debería promoverse que se dote al INAH de facultades para cuidar la belleza y los valores históricos de la urbe, incluidas sus calles y avenidas. Es significativo que en el caso de Reforma su denominación sea “Paseo”, nombre que implica un rango mayor a una simple calle o una avenida. Tal caracterización se justifica totalmente si tomamos en cuenta que se trata de una de las vialidades más hermosas del mundo.

Para mí, sin chauvinismo de por medio, aventaja en armonía y belleza a los Campos Elíseos parisinos, a la 27 de Junio berlinesa, a la 9 de Julio bonaerense, a La Castellana madrileña, a The Mall londinense, a la Park Avenue neoyorkina o a la De la Libertad, lisboeta, y difícilmente encuentra uno otras posibles comparaciones en las metrópolis del orbe. Ya bastante daño le han hecho a nuestra vialidad más bella las deformes pirámides que afearon su tradicional camellón y ese adefesio que como homenaje a la corrupción se levantó el pasado sexenio en lo que parecía más una burla que símbolo de honor al bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución, esa malhadada Estela de Luz que como un escindido palo ensebado interrumpe la continuidad visual hacia el histórico Castillo de Chapultepec.

Hoy Reforma es de nuevo mancillada por la irrupción del Metrobús, jugoso negocio para unos y alivio para muchos beneficiados con ese medio de transporte. Pero ¿no podían haber habilitado una ruta alterna? La avenida Chapultepec pudo emplearse para ello y, en todo caso, en lugar de la proliferación de dádivas que no suprimen la pobreza pero reditúan votos, ese dinero podría servir para un transporte más eficiente y rápido como el Metro, ¡ah! pero ese no es concesionable. Quizá eso explica el auge del Metrobús aunque haya que destruir un valioso monumento urbano.
eduardoandrade1948@gmail.com