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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • ¿Centros de readaptación social?
  • Catalina Noriega

La noticia forma parte del paisaje. El acontecer en las cárceles mexicanas es de película de terror. Atosigados por los problemas, se ignoran las condiciones deplorables en las que vive la mayoría de quienes “pagan su deuda con la sociedad”.

Una deuda que en muchos casos ni lo es, porque abundan inculpados, que se pasan años a la espera de un juicio, en el que podrían demostrar su inocencia.

Sobran casos de personas que van a dar a semejante infierno por error, porque lo detuvieron en el lugar equivocado; porque lo confundieron y, a la espera del respaldo de un abogado de oficio, permanecen años tras las rejas.

A ningún ser humano se le pueden violar sus derechos humanos, así se trate del peor malandrín. El encierro, en sí mismo, es una pena difícil de sobrellevar y al recluso tendría que ayudársele a conseguir una efectiva reinserción social, una vez que cumpla su condena.

Las prisiones estatales son un desastre. En fechas recientes vimos varias fugas de individuos de alta peligrosidad, sin que se lograra recapturarlos.

En Sinaloa, del “conocido” penal de Aguaruto, salió por la puerta grande, ni más ni menos que el hijo del Azul Esparragoza –narcotraficante de tradición-, reconocido como “El Negro” o “El Azulito” y digno heredero de las mañas de su progenitor.

Con él tomaron las de Villadiego, otros barbajanes sicarios y operadores de primer nivel, del Mayo Zambada. La recua de fugitivos destacaba por su peligrosidad, su barbarie y el manejo que tenían del reclusorio, en el que controlaban a dos mil ciento cuarenta y dos internos. Salieron tan frescos y la noche anterior se despidieron con un gran festejo, en el que abundaron las “chavas” y el alcohol.

En Nuevo León, sus tres instituciones –Topo Chico, Cadereyta y Apodaca-, están de capa caída. El mismo cuento que se repite en la República, propiciador de “disturbios” (Como los califican las autoridades). El 19 de Febrero del 2012, en el de Apodaca, con la complicidad de custodios se fugaron tres reos pero, en el zafarrancho asesinaron a 44 reclusos. Se peleaban el control entre dos cárteles y la confrontación dejó el brutal saldo de cadáveres.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos se desgañita con Informes precisos sobre la lamentable situación, aunque parece que a los gobernadores les tiene sin cuidado. Algún jilguerillo de undécima, comentó que los políticos no debían acercarse a los panteones y a las cárceles, porque esos lugares no dan votos.

En la mayoría de estos centros se encontraron las mismas fallas. Los reclusos las controlan y, como en el caso de Apodaca, cuando se cruzan dos bandas o dos cárteles se atacan entre ellos, para conseguir la predominancia. Hay pocos custodios, para el número de internos y suelen venderse al mejor postor.

Escasea personal preparado para hacer frente a un motín, una riña, cualquier eventualidad.

Hay sobrepoblación y hacinamiento y, mientras los privilegiados ocupan hasta más de una celda, en otras conviven docenas de personas, cuando el cupo normal es para cuatro.

No hay actividades laborales y de capacitación para el trabajo, lo que podría aligerarles el tiempo de encierro, a la vez que ganarían algo de dinero. Tampoco se les clasifica y se juntan a quienes ya recibieron sentencia, con quienes están en proceso o ni siquiera.

Hay falta de atención médica y las condiciones de higiene suelen ser pésimas.

Violaciones a los derechos humanos al por mayor, ¿y los gobernadores?, ajenos al drama, que al fin y al cabo, ahí no hay votos.
catalinanq@hotmail.com

@catalinanq