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Cuchillito de palo

  • Catalina Noriega

Depredadores oficiales

Lo dijo una de las voces en ecología más autorizadas. Ramón Ojeda Mestre criticó acremente la construcción de la Línea 7 del Metrobus, en Paseo de la Reforma. Al miniMancera, como a tantos otros depredadores de la Capital, las opiniones de los grandes especialistas, les salen sobrando.

Cada uno, de los que, en otros tiempos se llamaban “regentes” y ahora jefes de gobierno, pusieron su granito de arena para destruir y convertir en un caos a la monstruosa ciudad. Según sus intereses creados, beneficiaban a un reducido sector, mientras aniquilaban a otros.

Colonias de abolengo como la Juárez –y antes, la Morelos-, en razón de los caprichos –por supuesto económicos-, de cualquiera de estos mangantes, acabaron en la ruina.

Lo primero, infestaron de negocios, a zonas que eran residenciales. Favorecieron la proliferación de restaurantes, de gran lujo, pero que, cuando las condiciones del perímetro empezaron a deteriorarse, se mudaron a otros enclaves del Distrito Federal. Entonces los sustituyeron por antros y los archimentados giros negros, azote de vecinos a los que ni se vio, ni se escuchó –ahora menos-.

Ignorantes de la historia y sin el menor sentido estético, permitieron que se arrasara con mansiones “patrimonio nacional”. Las derrumbaron, una a una, sin que, ni el Instituto Nacional de Bellas Artes o el de Antropología e Historia pusieran un alto a la destrucción.

Mientras los yanquis viven pendientes del mínimo vestigio histórico y darían lo que fuera por tener cualquier joya de su pasado, aquí se aniquilaron, cuando  deberían ser esencia del orgullo y la identidad nacional.

Incluso uno de los tantos sátrapas depredadores, intentó mover la escultura de Cuauhtémoc. Ocurrencia inverosímil, que debió meterle en la cabeza un subordinado, tan necio e ignorante como el de Marras. A López Obrador se le antojó poner en el centro de Reforma, las ingratas pirámides, símbolo del mal gusto y lo corriente.   

Con el afán de convertirse en millonarios, a costa de los capitalinos, se elige a una constructora como la consentida de turno, con permiso para hacer y deshacer. A la vuelta del mandato, aparece un “nuevo rico”.

Con estos avatares empezó la especulación de los bienes raíces. Los pobres y la clase media baja, para afuera de los límites del DF. El precio del metro de tierra, por las nubes y la renta o venta de cualquier apartamentucho, pequeñísimo, estratosféricos. Miles de personas han tenido que emigrar, ante la falta de vivienda accesible.

Las licencias de construcción, negocio redondo. Ajenos a la norma se cambian usos de suelo y se favorece al mejor postor. Hay Delegados que intentan enderezar estos entuertos y tienen que ordenar se “mochen” pisos de edificios, que rebasan la altura permitida.

La corrupción infesta todo el aparato oficialista, incluidos legisladores locales que actúan como intermediarios.

El miniMancera es de los máximos representantes de la dinastía de los destructores. No hay un arreglo en la CDMX, por mínimo que sea, que no dure más tiempo del convenido. La Ciudad está dinamitada, con un tránsito insoportable y ni siquiera una policía capacitada para agilizarlo.

Demagógico, insiste en que la Línea 7 es para favorecer a la población. ¡Que se lo crea Rita! El desastre que ocasionó con los arreglos de la Avenida Mazaryk fue inaudito. Robaron lo increíble, para encima dejarla sin terminar, tras haber arruinado comercios y servicios. Su único objetivo de gobierno: llenar a tope el cochinito para el 2018.

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