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Cuchillito de palo

  • Catalina Noriega

En el país donde no pasa nada

Un escándalo tapa a otro. Sin tiempo ni para analizar lo sucedido, la nueva gritería sustituye al lodazal, que creíamos nunca antes visto. Pero, la sorpresa constante sube de tono y lo que parecía ficción pura, se acrecienta en una realidad que nos consume.

Hablar de casos “cerrados” suena ocioso. Hacer memoria de Tlatlaya y sentirnos desconcertados, porque hasta ahora, lo que se dice transparentar y sancionar jurídicamente, no ha pasado. O se lo callan ¿y en lo oscurito castigan? Difícil creerlo.

De los normalistas de Ayotzinapa, mejor corramos un tupido velo. Ni la “pericia” de los expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (OEA), nos sacó de las enormes dudas que dejó la “verdad histórica”, de Murillo Karam.

Al paso de los meses y con un episodio de “histerieta”, cada dos por tres, los lamentos de los padres –que siguen con la exigencia de que aparezcan sus hijos-, se convierten en una etiqueta representativa de las “voces opositoras al régimen”. De resultados fehacientes, ni medio. Del seguimiento de las diversas líneas de investigación, cero menos cero.

En ascuas, algunos despistados nos cuestionamos sobre el destino de los jóvenes, y nos compadecemos de sus progenitores. ¿Estaremos locos o somos obsesos por lo siniestro?

Frente al hallazgo de docenas de fosas clandestinas, a lo largo y ancho del territorio, sólo una declaración: “Identificar los restos tomará meses; hay poco personal especializado y necesita tiempo”. Los familiares de desaparecidos, emigran de una entidad a otra, con la esperanza de encontrar al hijo, al padre, al consanguíneo, del que no pueden hacer el duelo.

Cuando surgió un grupo de la sociedad civil, que pico y pala en ristre se dieron a la tarea de buscar a estos miles de personas, la autoridad volteó la vista. Ante sus logros, los pretextos y el “nosotros nos ocupamos”, gran mentira.

Asesinan a periodistas, como quien se echa a una mosca, y después de la consabida declaracionitis –se llegará “hasta las últimas consecuencias”-, le echan tierra.

Al alza los índices delictivos, los homicidios dolosos, culposos, los robos, las extorsiones, las violaciones y los encargados de la seguridad sólo aciertan a dar explicaciones de Perogrullo, como el atribuirlo a la implementación del Sistema Penal Acusatorio (los juicios orales).

Se suman por miles los casos y los muertos para los que jamás habrá justicia. Si los crímenes masivos quedan impunes, qué decir de los de aquellos a quienes nadie conocía, con un nombre y apellido común, tan seres humanos como el resto.

Funcionarios de distintas jerarquías y niveles, se culpan entre sí y como si se tratara de una carrera de incompetentes, escurren el bulto y se hacen los sordos. Otro tanto se vive en el Poder Judicial y, en efecto, sus “primeros pasos” por el camino de los juicios orales.

Dejan en libertad a homicidas, a quienes pescaron in flagranti, “porque la Policía no hizo bien su tarea y el Ministerio Público, tampoco”. Si quienes deberían prevenir el delito, jamás han podido con su obligación, menos ahora que les enredan la tarea con un papeleo para el que no los prepararon.

¿A cuántos delincuentes se juzga? El porcentaje, si no fuera como para llorar, daría risa. El reino de la impunidad protege a la caterva de sátrapas, que rompen la ley a sabiendas de que, tienen la suerte de vivir en el país donde no pasa nada. ¡Como para que se les cayera la cara de vergüenza a los responsables de la seguridad, si tuvieran un dedo de decencia, de dignidad!

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