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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • Catalina Noriega
  • De Orlando a Coxcatlán

Faltan palabras para expresar la tristeza de ver a un mundo, cada día más violento. En Orlando, donde la magia de Disneylandia hace felices a los niños, un individuo asesinó a 49 personas y dejó heridas a 53. En Coxcatlán, Puebla, masacraron a 11 integrantes de una familia.

Poco extraña lo ocurrido en Estados Unidos, cuando se sabe que cualquiera puede comprar armas tan peligrosas, como el fusil AR15 que utilizó Omar Mateen, en un club nocturno. La permisibilidad para adquirir herramientas letales, facilita el que un individuo que se dice era inestable, fanático, golpeador de su esposa y “leal” al grupo radical Estado Islámico, entrara al local llamado Pulse y disparara contra quienes allí se encontraban.

El terror en su máxima expresión. Sin poder salir del establecimiento, atropellándose en una carrera enloquecida por ponerse a salvo; con la música a todo volumen, lo que ocultó el ruido de las balas que diezmaban a la concurrencia. Horas de una tragedia inexplicable, consecuencia de la psicosis de un hombre capaz de segar la vida de quienes habían ido a divertirse.

El mundo entero se solidarizó con el dolor de tantos estadunidenses, hastiados de esta violencia irracional, que enluta hogares y acaba con la existencia de inocentes, ajenos a la demencia de sus verdugos.

Patética e igual de demencial, la palabrería de Donald Trump y su alarde de “se los dije”. El candidato presidencial republicano, culpó al grupo terrorista, antes de que se diera a conocer lo que sucedió: un ataque homofóbico a cargo de un individuo al que su exesposa calificó de bipolar.

Empieza al fin a surgir una corriente en contra de la liberalidad de la venta de armas. Todavía incipiente, responde al enorme número de dramas cotidianos; de homicidios absurdos, que ni siquiera tienen otra causa que la problemática personal de un individuo. Que podrían detenerse si se modificara la ley y se restringiera su comercialización. Está en sus manos acabar con esa plaga, aunque se sabe que es una de las industrias más redituable, lo que afectaría intereses hasta ahora intocables.

La noticia le dio la vuelta al planeta y en segundos se volcó la solidaridad internacional. Poco se difundió, por el contrario, el salvaje asesinato de 11 personas y tres más heridas, de la misma familia, en una comunidad indígena (El Mirador, municipio de Coxcatlán). Dos tipejos llegaron hasta un par de humildísimas viviendas y balearon a quienes allí dormían, incluidas mujeres –una embarazada de ocho meses- y dos niñas de 10 y nueve años.

Lo que de entrada se planteó como un conflicto religioso, entre evangélicos y católicos –que fueron los muertos-, según las investigaciones podría responder a una vil venganza. Un incalificable tipejo violó a una joven y amenazó de muerte a los consanguíneos, si lo denunciaban. Ellos decidieron hacerlo y las autoridades presumen que el delincuente cumplió su juramento.

Llegó Peña y se olvidó el conteo que se hacía en el Calderonato. Faltan las cifras diarias del horror, que suponían un recordatorio constante del desastre autóctono. Se busca minimizar el impacto de una inseguridad que cobra víctimas al por mayor, consecuencia de esa impunidad que crece a la violencia, a niveles de escándalo. Una República mexicana, convertida en camposanto, entre las bandas de malosos y el deterioro social.

Crímenes de odio, de sinrazón, que agravian a quienes queremos paz. Aunque se intente ocultarlos en letra chiquita, la gente lo sabe y exige un alto a la barbarie.

catalinanq@hotmail.com

Tuiter: @catalinanq