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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • Catalina Noriega
  • Alto: niños trabajando

 

En México, el que los niños trabajen es parte de una cultura. Hay un grueso de padres que opinan que es importante que aprendan a “valérselas por sí mismos” y cuanto antes lo hagan mejor.

La Organización Internacional del Trabajo y las autoridades aztecas del ramo, opinan lo contrario. Hace unos días se conmemoró el “Día Internacional del Trabajo de los Niños” y los tantos discursos oficiales, en el mundo, se refirieron a la urgencia de detener lo que se considera una aberración.

Para la Unicef es perjudicial física, mental y socialmente. Es muestra de la falta de desarrollo de un país y se origina en la pobreza de los padres, que imposibilitados para proveer el sustento, echan mano de los hijos.

El INEGI, a cargo de nuestras estadísticas, señala que hay 2.5 millones de chicos en estas condiciones. El secretario del Trabajo, Alfonso Navarrete, hizo alarde de la reducción de un millón completo (La UNICEF citaba 3 y medio millones de niños mexicanos), gracias a las políticas que se han puesto en marcha. De una u otra forma el número de pequeños trabajadores es alto y pudiera ser mayor, si se tiene en cuenta la cifra negra detrás de las estadísticas.

El 45.9 por ciento (Un millón ciento cuarenta y siete mil), no percibe ingresos y 377 mil son niñas y niños de cinco a 11 años, contraviniendo la legislación que señala que deben tener mínimo 15 años. Cuatro de cada 10 ocupados, son menores a la edad requisito para que se les admita en un empleo.

Doce entidades de la República lo permiten y entre Jalisco, Estado de México y Puebla, concentran al 24 por ciento del total. En la Ciudad de México se calculan casi 127 mil, fáciles de detectar vendiendo la cantidad de artículos que se comercian en el Metro, en las avenidas, en las banquetas y donde se les facilita salir corriendo de los vigilantes en contra del ambulantaje.

El argumento de quienes se oponen a una normatividad rígida, que prohíba cualquier tipo de labor a los menores, tiene origen en la tradición de los aprendices. Del “chícharo” (así se les conocía), figura infaltable en cualquier peluquería, al chamaquito ayudante de zapatero, los chiquillos aprendían un oficio, que conllevaba el adquirir valores esenciales, como el de la responsabilidad, el servicio, la generosidad, el trabajo en equipo y la sana convivencia.

Quienes se ocupaban con el viejo sastre y demás artesanos, a la corta o la larga terminaban por transformarse en maestros, con la seguridad de un camino al futuro, abierto. La mentalidad cambió y la aspiración actual es la de llegar a ser un profesionista, así terminen con una chamba en alguna disciplina por completo ajena a sus estudios, o al volante de un taxi.

Se rechazan las carreras técnicas, como si ser, por ejemplo, plomero, fuera denigrante. Quienes se dedican a estos menesteres suelen tener más éxito económico, que los que se queman las pestañas por un título.

Es cierto que, ni la OIT ni las autoridades del trabajo se refieren a este tipo de empleos. El problema serio es que se contrata a los chiquitos para tareas de alto riesgo, por su agilidad y lo fácil que les resulta obviar un peligro que puede causarles hasta la muerte.

Las jornadas extenuantes de niños y niñas recolectores de cosechas, a pleno Sol, mal alimentados, sin un mínimo de seguridad social y a precio de ganga, agravian a un colectivo social que debiera aspirar a que las nuevas generaciones puedan vivir su infancia. Puedan jugar, como el resto y puedan asistir a la escuela, solución única para tener un mejor mañana.

catalinanq@hotmail.com

Tuiter: @catalinanq