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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • Catalina Noriega
  • ¿Y los niños inmigrantes?

Pasaron de moda. De repente se armó el rebumbio y de aquí a la Conchinchina ocuparon grandes espacios en los medios. Se habló de cifras de terror, de tragedias personales sin límite y, de pronto se hizo el silencio.

Pero ahí están. Ni los distintos gobiernos volvieron a mencionar el tema, ni se transmite la voz de las organizaciones de la sociedad civil, que continúan intentando salvarlos.

Más de 80 mil personas llegaron a la frontera sur de Estados Unidos, entre noviembre del 2015 y febrero del 2016, procedentes de Centroamérica. Un grupo de activistas calcula que 27 mil menores viajaron solos, la mayoría del mismo origen.

Mientras se achica el número de mexicanos, que intentan cruzar la frontera, crece el de quienes salen de Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador, a la búsqueda del “sueño americano”. Las anécdotas de “La Bestia” (El tren en el que hacen el trayecto a este territorio) se documentan y difunden. Poco afecta.

Niños que pierden un miembro, que mueren al caer del techo del vagón, apuñalados por quitarles lo poco que llevan. Sujetos de violaciones, de secuestros, de torturas. Que pasan hambre y sed.Importa poco el sufrimiento, con tal de verse del otro lado de la frontera.

Inimaginables las condiciones de vida de las que huyen. Se juegan el pellejo, antes que permanecer en lugares en los que no existe la mínima esperanza de un cambio e igual la Parca deambula sin control.

Zonas en las que reina el terror, a cargo de bandas como la Mara Salvatrucha, de cuerpos de seguridad corrompidos hasta el tuétano, de autoridades coludidas en negocios oscuros.

Municipios pequeños y grandes, donde no se tiene acceso a servicios de salud, de educación; en los que hacer tres comidas al día es sueño inalcanzable y acaban alimentándose de un triste atole. Sitios en los que prolifera el alcohol, la droga, los pleitos entre pandillas y entre familias. Localidades invivibles, sin un ápice de esperanza.

Solo así se explica el que, las propias madres envíen a los pequeños a correr semejantes riesgos, a sabiendas de la posibilidad de no volver a saber de ellos. Muchos fallecen en el intento. Otros, impedidos de cruzar, se quedan en las entidades fronterizas y ejercen la mendicidad, cuando no se adhieren a las filas de los narcos.

A un buen número de los que consiguen pasar al otro lado, los aprehende la guardia fronteriza y van a dar a un centro de detención, insuficiente para atender a los miles que se arriesgan día a día. Después de un tiempo se les deporta, aunque la mayoría se quedan vagando en la franja, empecinados en volver a intentarlo.

Se culpa al gobierno estadounidense de la multiplicación del número de migrantes centroamericanos. Se les atribuye el que les venden armas, los endeudan y con sus políticas provocan las crisis económicas y sociales, en sus territorios, lo que los obliga a buscar una salida.

Los que llegan creen que se les va a dar asilo o carácter de refugiados, en la ignorancia de los más de tres millones deportados, tan solo por el gobierno de Obama. Algunos tienen la suerte de ir a dar a alguno de los albergues sostenidos por fundaciones. Allí se les envía a la escuela y se les apoya con casa, comida y sustento, aunque el auxilio es temporal.

En México crece la ayuda, a quienes van de tránsito, por parte de religiosos y asociaciones tan encomiables como las “patronas”. Es poco frente a un problema creciente: mientras en sus lugares de origen persistan condiciones de vida infrahumanas, se hará la prueba de llegar al Norte.
catalinanq@hotmail.com

Tuiter: @catalinanq