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Cuchillito de palo

  • Catalina Noriega

¡De la “Trompada”!

El golazo de Trump en Indiana, que prácticamente lo coloca como candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos. Agárrese el que pueda: El espécimen de los miniojos pegados y fruncidos, aunque parezca mentira, tiene grandes posibilidades de llegar a la Casa Blanca.

El populista acaparó los medios de comunicación, culpables de lanzarlo al “estrellato”, así que ahora renieguen de su error. Lo entronizaron por lo que consideraban las “payasadas” de un excéntrico, proveedor de notas amarillas, de las que venden.

El personaje de marras no dejó títere con cabeza. Sus ataques contra México, los musulmanes, las mujeres, sus contendientes de las mismas siglas y los de oposición, llevaron a pensar que nadie en su sano juicio podría darle un voto. Se olvidaron del enojo generalizado de los gringos y en especial, de los “cara pálidas” –sector determinante-, que piensan como él.

Por primera vez su caballada está famélica. Hillary Clinton tampoco es perita en dulce y tiene en contra a un altísimo porcentaje de hombres.

Con solo mencionar su nombre se le tacha de “cínica”, dicho por estadunidenses a los que se les voltea la boca de la rabia; de los que acostumbran hablar con tono mesurado y objetivo. Su trayectoria está llena de manchones, a pesar de que se pudiera considerar una opción menos peor, que el troglodita aludido.

El boquiflojo millonetas ha sido un desastre, en su vida privada y en la pública tampoco cuenta con cualidades como para aspirar a un cargo de ese tamaño. Miente con todos los dientes y con un aplomo que convence a las hordas de mequetrefes que lo escuchan embebido.

Atacó al senador Ted Cruz, agrediendo a su esposa y, días antes de que este renunciara a la campaña, difamó a su padre, al que acusó –por su origen cubano-, de haber estado involucrado en el asesinato de Kennedy (El señor Cruz es un pastor evangélico distinguido y lleva toda su vida dedicada a esos menesteres).

Se podría decir que sus ataques “pasionales” son peccata minuta, junto a declaraciones que ponen los pelos de punta. Según sus “doctas” palabras, habría que echarles bombas atómicas a los del ISIS y con ello “se acabaría el problema”.

Haría la barda –que pagaríamos los mexicanos- y desaparecería el Tratado de Libre Comercio. Retendría las divisas de los connacionales, en el caso de que el Gobierno Azteca se negara a cubrir el costo del archimentado muro.

También disolvería a la OTAN, a lo que los europeos pusieron el grito en el cielo. En cada declaración confirma su ignorancia en cuanto a política interior y exterior; al comercio, a la seguridad, que para los yanquis es esencial, a la salud y de los demás temas ni se ocupa, porque no tiene maldita idea.

Hay analistas de primera línea, en Estados Unidos, que insisten en que no va a ganar por lo complicado de las elecciones, que exigen echarse a la bolsa a determinado número de delegados estatales. El partido Demócrata gobierna en 19 entidades, mientras que el republicano, 13.

Hay Estados demócratas con un número mucho más alto de delegados, quienes son, en última instancia, los que deciden. El voto de la población es indirecto, puesto que los delegados definen al triunfador.

El proceso es a tal grado enrevesado, que a los mismos gringos les cuesta entenderlo. Más incomprensible resulta la actitud de un pueblo que, por enojado que esté contra lo establecido (Gobierno, partidos, políticos y demás), se incline por un hotentote. Está pasando en España, en Brasil y a México, ¿qué le deparará el futuro?

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