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Cuchillito de palo

  • Catalina Noriega

Presidenta “Espectro”

Así se le denomina ahora a Dilma Rousseff, a quien se le inició un juicio político. La mujer que ocupaba el máximo cargo en Brasil, tendrá que enfrentar a sus detractores y probar su inocencia, en los próximos 180 días.

En 2015 ganó las elecciones para un segundo periodo, el que queda trunco en tanto no se le exonere. Al ser una movida política se ve difícil que pueda recuperar el lugar que tenía desde el 2011 y culminaría en el 2018.

El gigante latinoamericano se cimbra. Tiran a la sucesora de Lula da Silva y toma el control una Derecha que perdió en las urnas. Lo que no consiguieron a través del sufragio, lo obtienen con artimañas legaloides.

En el planeta entero se habló del “milagro brasileño”, durante la gestión de Lula. El exobrero consiguió lo que parecía imposible: abatió la pobreza extrema de millones de habitantes. Se crearon fuentes de trabajo y se cimentó una industria de avanzada, incluida una fábrica de aviones. Creció su potencia petrolera, con una empresa en parte estatal y en parte capital privado (Petrobras), a la que se vio como ejemplo a seguir.

Otras naciones copiaron el modelo que permitió el que Brasil surgiera como gran potencia, donde los programas sociales dieron auténticos resultados y un alto porcentaje de la población pasó de la miseria a la clase media.

Lula da Silva fue el símbolo del “sí se puede”; de la Izquierda progresista que liquida desigualdades de décadas. Líder nato, desde sus tiempos de obrero, fundó el Partido de los Trabajadores (PT) y lo llevó hasta la máxima magistratura. Sin duda y a pesar de los errores que pudo cometer, el cambio fue rotundo.

Un sector de brasileños criticaba su administración e insistían en que la bonanza era una falsa burbuja, que en cualquier momento podía reventar. Decían que su Gobierno era corrupto y que él mismo –y sus hijos-, acumulaban una gran fortuna.

Se volvió comentario generalizado. A los turistas se les acercaba a playas que cobijaban enormes mansiones y se señalaba a una de las más lujosas, como propiedad del entonces mandatario.

Candidateó a Dilma Rousseff, mujer honrada y brillante, aunque sin el carisma de su padrino político. En sus juventudes, guerrillera y siempre congruente con su ideología, tema que le acarreó detractores, en particular de la Derecha desesperada por recuperar el poder.

La economía empezó a hacer agua y el declive llegó a la población. Se pensó que con los Juegos Olímpicos lograrían remontar las penurias, aunque la inversión en las obras acabó de darles la puntilla.

Al vaciarse los bolsillos creció el descontento, coyuntura de la que echó mano un político avezado –Michel Temer-, vicepresidente durante la primera gestión de Dilma. Militante del Partido del Movimiento Democrático (Derecha), en el que tuvo distintos cargos. Fue diputado en varias ocasiones y mandamás de Seguridad. Su queja, cuando actuó en mancuerna con la exguerrillera, es que no lo tomaba en cuenta, por lo que renunció.

Lo gracioso es que la acusaron de corrupción, cuando el 60 por ciento de los senadores y el 54 por ciento de los diputados, tienen cuentas con la justicia y están bajo investigación. El propio Temer se dice que recibió millones de dólares, como sobornos para favorecer contratos y puestos directivos en Petrobras.

Dilma Rousseff cayó en la telaraña de una legislación absurda, que facilitó se socavara la institución presidencial. Veremos si el neoliberalismo, bandera de quienes la encausaron, puede sacar a Brasil de la crisis, o la agudiza.

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