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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • Catalina Noriega
  • ¿Hacia una crisis humanitaria?

 

Mientras la atención se enfoca en que, el pájaro de cuenta, Duarte, no vuele sin castigo, miles de africanos y haitianos intentan alcanzar el “sueño americano”, desde Baja California.

Dos entidades, en los extremos de esta República, se enfrentan a la tragedia de migrantes fugitivos de la miseria, de la falta de oportunidades, de catástrofes naturales. Huyen de sus lugares de origen, con la esperanza de llegar a la “tierra prometida”.

La presencia de personas de color, lo mismo en Chiapas, que en Baja California, sorprendió a una sociedad en la que jamás se habían visto. Llegaron en riadas y el Instituto Nacional de Migración registra desde mayo, casi 15 mil haitianos en la garita de Chiapas. Cambios recientes les permiten permanecer un mes en México, aunque ahora solicitan se amplíe a un año.

Estados Unidos abrió la puerta a los haitianos, a raíz del devastador terremoto que sufrieron en el 2010. Se recibió a un número importante, para después bloquear la entrada a quienes buscaban ingresar.

Desde la República Democrática del Congo, donde se vive desde hace más de una década una enorme inestabilidad, centenares se lanzaron a Brasil, donde se solicitaba mano de obra para construir las instalaciones de las Olimpiadas.

Cuentan que era sencillo contactar a traficantes de seres humanos quienes, por seis mil dólares, se encargaban del traslado. Cuando concluyeron las obras y sobrevino la desestabilización política –que provocó la caída de Dilma Rousseff-, perdieron la chamba y vagaron en la miseria, hasta que otros traficantes ofrecieron colarlos al vecino país del norte.

Unos viajaron en avión desde Brasil, otros de Colombia y Ecuador a Centroamérica, donde iniciaron la aventura cotidiana de millares de hombres y mujeres, que tratan de cruzar el Río Bravo.

El paso por Nicaragua resultó particularmente peligroso. Allí les robaron sus ahorros y las agresiones fueron ilimitadas, incluida la violación de mujeres. Sin dinero, agobiados por el hambre y la enfermedad, algunos fueron quedando en el camino.

Para Chiapas supone una presión brutal. Se cuenta con unos pocos albergues, bajo el cuidado de religiosos y grupos civiles de una enorme generosidad, pero el número los rebasa. Cuesta trabajo encontrar la forma de ganarse unos pesos, en una entidad en la que la marginación es fuerte y, al igual que Baja California, carece de la estructura para cobijar a millares de desprotegidos.

En la frontera norte, tampoco sobran los recursos y el gobernador, Francisco Vega, recién se entrevistó en Bucareli, con las autoridades a cargo del asunto. Pide ayuda rápida y efectiva, en vista de la imposibilidad estatal para atender el creciente problema.

Los estadunidenses conceden unas 50 citas diarias y se comprometen a aumentar esta cifra –cuando menos a 75-, insuficiente para los millares que esperan.

La Canacintra declara que podría contratar a unos 15 mil, para laborar en las maquiladoras, aunque sería temporal y ellos insisten en que aspiran a cruzar y no a quedarse en nuestro territorio.

Bajo la amenaza de contraer enfermedades, sujetos a las dádivas de un sector social solidario y sin saber cuánto tiempo tendrán que esperar –para lograr el asilo-, miles de hombres, mujeres y niños, se convierten en un problema más para un país, en el que sobran los conflictos.

Algo tendrán que hacer las autoridades aztecas, en coordinación con las de Estados Unidos y las de la ONU, para solucionar este brote migratorio, inesperado.
catalinanq@hotmail.com

Tuiter: @catalinanq