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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • Catalina Noriega
  • Demos el poder a los idiotas…

¡A ver qué pasa! Frase célebre del director de la Selección de futbol belga, que pasará a la historia. Desde luego, lo dijo en relación al triunfo de Donald Trump en Estados Unidos, próximo residente de la Casa Blanca y tragedia política, que le ha puesto los pelos de punta al planeta.

El belga no se anduvo por las ramas, mientras los mandatarios del globo “felicitaban” con una ríspida mueca, a quien llevará la batuta del decadente imperio.

Y tan decadente, que resulta inconcebible que hayan optado por la peor opción. Por un personaje ignorante, xenófobo, racista a carta cabal, abusador de mujeres y soberbio. Trump representa los peores defectos de un pueblo que, a tal grado se identifica con él, que lo llevó a ganar.

“No es culpa del indio”, sino de sus votantes. Resurgió el americano feo que, bajo la presión de leyes y normas rígidas, aparentaba un cambio en un temperamento que subyacía bajo la máscara de lo “políticamente correcto”.

Hillary Clinton, como sucedió años atrás con Al Gore –cuando contendió contra George Bush-, ganó en el número de sufragios, un sistema obsoleto, rancio, complicado, por el que los delegados estatales son el voto definitorio, consiguió lo que pocos veían venir.

Los estudiosos se cuestionan sobre las causas. Hay variables, con las que se trata de explicar, pero la mayoría coinciden en una primordial: una sociedad enojada con sus políticos, a quienes culpaban de ineficacia para resolver la problemática. Hartos de la falta de oídos a sus demandas, favorecieron a un personaje, hasta hace poco, ajeno a la política. Un antisistema que contraste con las prácticas establecidas, insatisfactorias para las mayorías.

Esta actitud se repite en numerosas regiones del orbe. La gente aspira a que sus gobernantes la escuchen y le proporcionen calidad de vida. Se exige un nivel económico adecuado, sin una excesiva carga impositiva.

Aunque los estadunidenses alardean de liberales, hay grandes sectores de tinte mega conservador. Sus raíces provienen del protestantismo más rígido en su concepción y normas (Bautistas). Estos grupos objetaron la defensa del aborto, que hizo Hillary Clinton y a su postura se unió la de otros círculos religiosos.

Tampoco hay que echar en saco roto el género de la Clinton. El machismo persiste, a pesar de los movimientos feministas y las leyes que protegen a la mujer. Si se echa un ojo al gabinete de Obama, se aprecian muy pocas faldas, lo mismo que en el Congreso.

Habría que culpar a los medios de comunicación, fabricantes de una imagen que ni Trump se esperaba. Al principio lo vieron como al “payaso” que les daba nota. Ignoraron al resto de los contendientes, a quienes se les escatimaban los espacios, mientras al millonario lo seguían por cielo y tierra.

Creyeron que jamás iba a llegar y llevaron su discurso de odio hasta el último rincón. Cuando se concientizaron de lo que suponía entronizar a un hotentote, quisieron dar marcha atrás, pero el daño estaba hecho.

Será difícil que las heridas de una campaña sucia y llena de bajezas, se cierren a corto plazo. Tampoco creería en que, por haber llegado a la Presidencia, Trump modifique una forma de ser tramposa y soberbia, ignorante de las tripas de la administración pública, de las finanzas estatales, de la seguridad interior.

Imposible que un halcón se vuelva paloma, aunque los dos vuelen. Así de mal se pronostica el futuro, a nivel internacional, en manos de quien jamás debió ser ni siquiera candidato. Para México, la hecatombe.

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