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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • Catalina Noriega
  • El despertar de la bestia

Hay ilusos que se empeñan en negar lo evidente. Para ellos, el señor Trump le bajará al tono, en cuanto tome protesta. Les parece que, quienes vemos con terror su llegada exageramos, porque, “Estados Unidos es un gran país y los que mandan están por encima del propio presidente”.

La realidad pinta negra. La división cunde en el enorme territorio y las redes sociales dan cuenta de los ataques contra mexicanos, agresividad que se extiende a árabes, indios, paquistaníes y demás mosaico de razas.

Una maestra de Maryland me cuenta de la tragedia vivida por la mayoría de sus alumnos. Días previos a la elección era casi imposible dar clases, en vista de la inquietud de los estudiantes. Varios de los hispanos le contaron que tenían miedo de que llegara Trump, “porque los iba a expulsar del país” (Aunque la mayoría de sus pupilos son documentados).

No sólo los latinos estaban afligidos: también los propios afroamericanos, a quienes sus papás les habían dicho que resurgiría la persecución del Kukuxklán y lo mismo los provenientes de nacionalidades del Medio Oriente y Asia.

Cuando se definió el proceso electoral, las cosas se pusieron peores y los chiquillos lloraban desconsolados, a pesar de vivir en un estado demócrata, con mayoría de personas de color.

Trump consiguió atemorizar a los inocentes. A pequeños que, en última instancia repiten lo que escuchan en su casa. El mazazo social es indescriptible, cuando el personaje de Marras sale con su plan de doce puntos, para los primeros 100 días de Gobierno.

Después, en entrevista televisada, medio suavizó el discurso. Ya sólo echará fuera a tres millones de “delincuentes” indocumentados -sin especificar qué entiende por “delincuentes”-. De acuerdo a la legislación, la primera vez que te deportan, no hay sanción; si regresas y te pescan, hay castigo y pena de cárcel.

En algunos tramos fronterizos, “no habrá muro” sino vallas –ya existen-. El Obama care se modifica, pero no desaparece y así siguió su interminable retahíla, por la que da la impresión de que ni idea tiene de qué hacer ni mucho menos, de cómo dirigir al decadente imperio.

Lo más grave es que se rodea de la flor y nata de la ultraderecha. De individuos a los que se conoce por las arbitrariedades cometidas en contra de “extranjeros” y por haber formulado leyes migratorias aberrantes (Arizona).

Un fascismo que nutre con los descontentos por la globalización: recibe en su Torre, a Nigel Farage, impulsor del Brexit británico y artífice de la salida de Inglaterra de la Unión Europea (que habrá que ver si no hunde a los dominios de la reina Isabel y del que, tantos de sus súbditos se arrepienten de haber votado).

Si el hotentote que residirá en la Casa Blanca llegó, tendrá que cumplir sus promesas. En ese sentido, los yanquis exigen y no perdonan el engaño.

Despertó instintos de odio, de un racismo que se creía cuestión del pasado y empieza a hacerse presente en los vecindarios, en las escuelas, en los lugares públicos. Al grito de “Regrésate a tu país”, se ve al típico blanco musculoso, tatuado de pies a cabeza, arremetiendo contra un connacional, aterrado frente a la bestia.

Se acerca el peor de los mundos: Putin eufórico, en el intento de anexarle territorios a Rusia y recrear la Unión Soviética, bajo la sombra del orate gringo. El resto de Europa, acalambrada. Los británicos, fuera de la Comunidad, a la espera de ver si la hacen. Y en Estados Unidos, el renacimiento de etapas violentas, racistas, deplorables. Y nosotros, ¡en el ácido!
catalinanq@hotmail.com

Twitter: @catalinanq