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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • Catalina Noriega
  • El rostro de la violencia

El rostro herido de la medallista Olímpica, Ana Gabriela Guevara, reveló en una imagen los niveles de violencia que vivimos. Si por un incidente de tránsito se puede casi perder la vida, la realidad impone el que caminamos por una senda de violencia extrema.

Una violencia que crece por minutos y que lo mismo corta cabezas, que desaparece personas, las incinera o las disuelve al estilo “pozolero”. Una violencia que no respeta género, edad, condición social, económica o política, porque igual ataca a los más débiles, que a los poderosos, aunque éstos intenten protegerse con sus musculosas escoltas.

Una violencia que trasgrede cualquier límite y se ceba, en particular, contra los que considera vulnerables, a su merced. Una violencia cobarde, que ataca en grupo, embozados en la máscara de un machismo y una misoginia, en plena efervescencia.

Qué podemos esperar si hace unos meses se nos pusieron los pelos de punta con el video del taquero queretano que golpeó a una mujer en pleno comedero público, y frente a comensales y empleados del local, incapaces de poner un alto a la gresca.

El “pecado” de la gran atleta, ahora Senadora de la República, fue el de exigirle al conductor, que había lastimado su moto, que se arreglara el asunto con la intervención del seguro. Circulaba por la carretera de Toluca cuando se dio el percance. El tema podía haberse resuelto, mediante el diálogo, en minutos.

La respuesta de la golpiza es injustificable en cualquier caso, así se argumente que ignoraban que era mujer –por la vestimenta, el casco y los lentes-. O qué, de tratarse de un hombre, ¿se vale destrozarlo entre cuatro -se tratara del motivo que fuera-?

Qué decir de la violencia de género: el incremento en el número de feminicidios patentiza el repunte de un encono contra la mujer, del que se tendrían que investigar las causas.

Hay quien lo relaciona con la crisis económica, con la incertidumbre actual, en cuanto a un futuro que pinta negro; se culpa a la educación, a los intentos de liberación de la mujer –que en todos sentidos sigue atada al ancestral carro del machismo-. A las adicciones que transforman al individuo, al ejemplo que ve en su casa y a muchos otros factores que tendrían que estudiarse a fondo.

El tejido social se deteriora y propicia conductas antisociales de toda índole. La inseguridad arrebata la paz, y como una forma de defensa, parece que nos acostumbramos a ver, cuando no incluso a llenar ríos de sangre.

El bombardeo informativo, plagado de imágenes morbosas, a fuerza de repetición, propicia una pérdida de la sensibilidad, ante hechos condenables. Poco asusta ni estremece y se acaba por percibir como escenas de una película, como ficción y no realidad.

Lo que vemos, lo que oímos, lo que nos enteramos acaba en el inconsciente, donde persiste como una nube negra que conlleva la paranoia, un sentimiento de impotencia, de desprotección y de miedo. Más de uno lo proyecta con agresividad, ante el temor constante del ataque.

Deplorable, y parte del mismo deterioro del tejido social, la respuesta negativa en las redes. En el anonimato, individuos cobardes se burlaron de lo ocurrido con Ana Gabriela, cuando no insultaban con términos francamente demenciales. Cualquiera de ellos podría actuar de la misma manera. La violencia solo lleva a más violencia.

Esperemos que se detenga a los culpables y se les sancione. O se frena el imperio de estos bárbaros instintos, o la convivencia social, bajo esta amenaza, se hará aún más difícil.
catalinanq@hotmail.com

Twitter: @catalinanq