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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • Catalina Noriega
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¿Quién resultará responsable por lo sucedido en la escuela de Monterrey? Días aciagos, entre la “investidura” de Donald Trump y el que en México ocurriera una tragedia a cargo de un niño, como las muy conocidas del otro lado de la frontera.

Lo del señor Trump asola al mundo entero. Lo de Monterrey debiera prender las alarmas de un país en el que la violencia ha permeado todos los aspectos de nuestra vida. Hasta hace unos años, habría sido imposible imaginar que un chico matara a sangre fría para después quitarse la vida.

Reflejo de la decadencia moral, de la descomposición social, de la crisis en la que estamos inmersos. Se escuchan crímenes espeluznantes y nos quedamos indiferentes, pero el que Federico llegara al aula con una pistola y empezara a disparar sin más, estremeció a las mayorías, ávidas por conocer los resultados de la investigación oficial.

Pocos voltearán los ojos a la cruda realidad: Llevamos más de una década metidos en una violencia desgarradora. Empezó el resurgimiento de la nota roja, con aquellas cabezas que rodaron en la pista de un antro. De entonces acá, cuando no aparecen colgados en pasos a desnivel, se publicitan los horrores del “Pozolero” (Dedicado a disolver cuerpos), o se encuentran personas desmembradas.

Cualquier parecido con la ficción se queda corto y las imágenes de lo que debería ser un drama se convierten en hechos de la vida real, tan simplones como el ver un anuncio de cereales.

Lo he escrito hasta el cansancio. Un gran psicoanalista, ya desaparecido (Dashkowsky), advirtió hace lo menos 20 años sobre los efectos de la sobre estimulación. Las fugas del ahora “extraditado” Chapo (México tiene “palabra”). De la mariguana al éxtasis, del asalto con una navaja al robo con armas de alto poder.

Los temas de contenido agresivo subieron de tono y las imágenes se acompañaron de un lenguaje burdo y grosero. Basta con escuchar a cualquiera en la calle para que se cimbren hasta las orejas.

Esto y más es la cotidianeidad de millones de niños nacidos en la “Guerra contra el narco”. Se acabaron los idílicos tiempos en los que se salía con libertad y certeza, a pasear, a jugar en los parques.

Para cerrar el círculo, los avances tecnológicos se convirtieron en nanas. A las madres se les hace fácil “entretener” a los hijos, lo mismo con la televisión que la Tablet o el Nintendo. Juegos salvajes en los que hay que “exterminar” al enemigo, hay que matar. Redes sociales que incitan a la burla, al bullying, al ataque directo contra los compañeros. Que se ríen de la desgracia ajena y favorecen la pérdida de sensibilidad. Se acabó el respeto al ser humano, al que se convierte en objeto despreciable.

¿Y la familia como tal? Disfuncionales la mayoría, ajenas a lo que se les pasa por la cabeza a los hijos, cuando son de las que se consideran “normales” y fuera del tan común problema del abuso, los golpes, las peleas constantes.

Tampoco ayudan maestros negligentes, con pocos valores para transmitir, hartos de “aguantar escuincles” y ciegos a las necesidades de los niños. En esa mezcla explosiva intentan sobrevivir quienes transitan, para acabarla de fastidiar, por etapas difíciles como la de la pubertad y adolescencia.

Tener armas al alcance de cualquiera es una locura. Si un adulto, por un pleito intrascendente puede asesinar, con mayor razón un niño. Su proliferación es incitar a peores tragedias.

Lo de Federico pasará pronto al olvido. Lástima: tendría que ser piedra angular de reflexión sobre quiénes somos y hacia dónde vamos.

catalinanq@hotmail.com

Twitter: @catalinanq