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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • Catalina Noriega
  • Como se esperaba…

Con un discurso agresivo, violento, acorde a su inestable personalidad, Donald Trump recibió la investidura. Confirmó, desde las primeras horas de su mandato, que hará un Gobierno de un solo hombre, déspota, autoritario, proteccionista y antiglobal.

Empezó por echar abajo el Acuerdo Transpacífico (lo había advertido) y reiteró la postura de renegociación del Tratado de Libre Comercio y la construcción del muro. Nada nuevo bajo el sol, salvo el despertar a una realidad prevista.

El Trump de siempre, ofensivo hacia su propio partido, a sus predecesores, a la clase política en general. Misógino, a extremos de no mencionar a la mujer en su discurso y narcisista.

Su equipo hizo alarde de que él mismo, había redactado la “pieza oratoria”. Se vio a leguas. Frases del villano de Batman y del propio Hitler. Un texto corto, en el que sobraron amenazas y agravios y faltó el cerebro de cualquier individuo consciente, del lugar al que accedía.

Desde el momento de su asunción, protestas, que culminaron con la conocida como la “Marcha de las mujeres” (con réplica en 60 países). Con su consabida diarrea tuitera, las cuestionó, por haber votado por él. Olvida que Clinton ganó por tres millones de sufragios y que él pudo llegar gracias a los delegados electorales, decisivos en un proceso en sí, antidemocrático y obsoleto.

Su soberbia le impide ver más allá de sus narices. Tendrá que gobernar –si puede-, a un país dividido (división que profundizó con su campaña de odio), con ciudadanos que se defienden y que impedirán un buen número de sus barrabasadas, a pesar del enorme poder que ostenta.

Le será difícil lidiar con su propio partido, después de ofenderlos y de que, un fuerte sector lo rechazara desde su precampaña. Su círculo se reducirá a quienes les prometió el cambio, franja de los venidos a menos por la crisis, de rancias ideas, ultra nacionalistas, resentidos y con poca preparación.

Sus serias limitaciones lo colocan al filo de la navaja del conglomerado femenino gringo, mayoritario (50.6 por ciento, de los más de 325 millones de habitantes, mientras los hombres suman el 49.4 por ciento).

Si algún país ha dado la batalla por el género, ha sido Estados Unidos. Desde 1860, un grupúsculo de féminas peleó por el derecho al voto y los de propiedad. Susan Brownell Anthony, Elizabeth Candy Stanton y Lucy Stone iniciaron el titánico esfuerzo por la igualdad.

Uno a uno los estados de la Unión permitieron el sufragio, hasta 1920, cuando el entonces presidente Wilson lo hizo federal. Parecía que con el logro de este objetivo se detendría el movimiento, pero llegó la segunda oleada en los sesentas, con figuras tan visibles como Betty Friedman, Germaine Greer y activistas de las mujeres de color, como Angela Davis.

Sus metas fueron la plena igualdad en el campo laboral, la libertad sexual y reproductiva y el papel en la familia. Consiguieron leyes rígidas a su favor y avances en temas importantes de inclusión: actualmente se puede acceder a cualquier carrera universitaria, sin impedimento.

El machismo, sin embargo, sobrevivió los embates y se enmascaró, frente a las posibles sanciones judiciales. Todavía, por cada dólar que percibe un hombre, la mujer cobra 70 centavos. Pocas ocupan cargos empresariales de alta jerarquía y persisten los abusos, el tráfico y la violencia en su contra.

Sin arredrarse, van adelante. Trump las hizo enojar y, agraviadas, responderán. ¿Y los aztecas? “Ni sumisión ni confrontación”. Peña omitió, “Todo lo contrario”.
catalinanq@hotmail.com

Twitter: @catalinanq