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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • “Cacle” ocurrente
  • Catalina Noriega

Menuda ocurrencia volarse la camiseta de Tom Brady. La noticia ocupa más espacios, que los de las fosas clandestinas de Veracruz y nos pone a los ojos del mundo, como un “subtrópico de ladrones”.

Le falló el “timing” (como dirían los yanquis), al presunto autor de semejante hazaña, Martín Mauricio Ortega. Mientras Trump nos tacha de violadores y rateros, se destapa la “hazaña” de este personaje, triste remedo de periodista.

En esta República, el séptimo mandamiento es materia desconocida. Lo mismo se birlanimiedades, que se deja al prójimo en calzoncillos. Da igual la clase social. Los ricos se llevan “souvenirs” de hoteles, los “de abajo”, el reloj de la patrona.

Sin distinción de poder adquisitivo, la robadera es deporte nacional y sobran ejemplos. Recuerdo, en mis doradas juventudes, el caso de la hija de uno de los empresarios más reconocidos de la época. Compartía una excursión a Europa, organizada por el colegio de monjas, en el que estudiaba. A cargo iban dos religiosas, superáguilas para manejar al rebaño de “socialités”.

Finalizó la visita a Roma y en el lobby del hotel, donde se esperaba al transporte que llevaría al aeropuerto, apareció el gerente. Con delicadeza le dijo a la encargada que faltaban toallas de los cuartos, más otras propiedades de la instalación. Obligaron a abrir las maletas y he aquí que aparecieron en la valija de la “distinguidísima” heredera.

Algunos años después, un reconocido político llegó a una fiesta de gala, acompañado por una guapísima chava de la alta sociedad. Al finalizar el convite, la damisela de marras salió de la casa envuelta en un abrigo de mink, ¡nada que ver! con la humilde chalina con la que se presentó. Más de un invitado se dio cuenta, por lo que tuvo que devolver la regia piel ¡que se llevó por confusión!

Hago memoria de otra “pomadosa” madrecita, que cuando su niña perdía el suéter en la escuela, lo resolvía mandándola a “arramplar” con el de cualquiera de las compañeras.

Pamplinas aparte, recibimos kilos de 900 gramos, litros de 900 mililitros y huachinango “fresco”, por meses congelado. Queso de pura leche, al que ni una gota le llegó. Bebidas adulteradas, que matan. El eterno y tradicional “gato por liebre”, en última instancia, otra forma de robo.

Bramamos en contra de los políticos, los etiquetamos de corruptos y demás peyorativos, que tantos merecen, pero pocos ven la paja en el ojo propio. Desde párvulos empieza la mano larga: se esfuma el lunch del compañero, en la barriga del aprendiz de rata. Desaparecen sacapuntas y colores. El escuincle se presenta en la casa con materiales nuevos y ni el papá o la mamá preguntan de dónde salieron.

Se crece con la mentalidad del verle la cara al otro, aprovecharme de que se descuidó y agenciarme cualquiera de sus pertenencias. Robar no es solo ponerle una pistola en la frente a la víctima, o allanar un domicilio. Robar es hacer mal un trabajo, cobrar comisiones por conectar a dos tíos, poner materiales de otra calidad, hacer trampas para evadir impuestos o pagar sueldos de risa.

Y robar es vivir aspirando a que te caiga un “hueso”, ¡para poder robar! Idiosincrasia autóctona que parece imposible de modificar. Llega la alternancia al poder y, quienes se consideraban ejemplos de moral pública, ¡roban!

¿Extraña que un malandrín, que da la impresión de cleptómano –se le encontraron otros “trofeos”- se llevara la tal camiseta? Desde la Conquista está el debate: ¿Cuestión cultural adquirida, o genética pura? Al paso de los siglos, nada cambia.
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