imagotipo

Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • “De la mano”
  • Catalina Noriega

Se celebra el Día Internacional de la Mujer, instituido por la ONU, en este 8 de marzo. Hay conferencias, felicitaciones, bailongos y festejos al por mayor. Un buen amigo me preguntaba: ¿Y por qué no hay una fecha similar para el hombre?

Llegará la hora, ni duda cabe, en que siglos de opresión, de desigualdad, de diferencias marcadas, sean solo memoria histórica. De momento, y a pesar de los avances, persiste la violencia de género y las diferencias notorias en el campo laboral, económico y social.

Ni en las naciones donde la legislación es avanzada, se consigue que la remuneración por el trabajo sea pareja. En la mayoría del planeta recibimos salarios inferiores a los de los colegas que ejercen una función similar. Se nos reconocen hasta más cualidades, como la responsabilidad, la disciplina, el tesón, la honradez y, sin embargo, a puestos iguales pagas distintas. En Estados Unidos, el número de ejecutivas de alto nivel es muy inferior al de sus pares, a pesar de la protección jurídica.

En la política es más difícil acceder a cargos de representación popular, de jerarquía en un Gabinete y al interior de los partidos. Cuando se impuso la obligatoriedad de un porcentaje fijo de escaños, aparecieron en las listas los nombres de esposas, amantes y parientas de quienes las elaboraron. El “a forziori” se manipula y favorece trampas.

Innegables, por otra parte, el camino andado. En la actualidad se puede estudiar y ejercer cualquier profesión, incluso las que se consideraban exclusivas del género masculino. Hay un sector femenino en tareas que suponen un esfuerzo físico importante, como el de la construcción.

Lo que sigue en pleno auge es la violencia contra la mujer, incluidos los feminicidios que alcanzan cifras nunca vistas. Algunas entidades de la República se adhieren a programas de prevención, que incluyen medidas específicas, aunque la supervivencia del machismo pone obstáculos infranqueables.

Un paso adelante, otro atrás y en este retroceso podría encuadrarse a las indígenas. A la mujer indígena, en la mayoría de las comunidades, se le considera sujeto de segunda clase.

Persiste la tradición de venderlas, por unos cuantos pesos. Las niñas tienen menos posibilidades de ir a la escuela y son mucho más vulnerables, que el resto de las mexicanas, en cuanto a la trata de personas, la explotación sexual, la prostitución forzada y la
servidumbre.

Me llamó la atención el caso de una joven que estudia la carrera de ingeniería, a la que llegó después de toda una batalla para conseguir se le permitiera estudiar. Procedente de una comunidad, intenta apoyar a sus congéneres para que salgan adelante, aunque insiste en las dificultades que tienen que vencer.

Sin otra perspectiva se les educa para casarse. Las adiestran en las tareas de la casa, en las del campo y se exige una sumisión absoluta al hombre.

Si alguna intenta sacar la cabeza, se le aplasta. Hay ejemplos, como el de la alcaldesa de Chenalhó, Chiapas, a la que se le ha impedido gobernar. Su negativa a dejar el puesto se responde con balaceras que ponen en peligro a los habitantes y las mismas mujeres de la comunidad, demandan su destitución.

Hay un abismo entre la vida de quienes nacen en una ciudad, a la de aquellas que habitan en cotos cerrados, lejos de cualquier ideal de acceder a lo que sería la normalidad. Difícil modificar usos y costumbres, por lo que urge apoyarlas.

Habría que caminar de la mano, sin antagonismos y conscientes de que las diferencias nos hacen complementarios.
catalinanq@hotmail.com

Tuiter: @catalinanq