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Cuchillito de Palo

  • Catalina Noriega

  • Un jesuita en El Vaticano
  • Catalina Noriega

Mal lo debe estar pasando el papa Francisco, en esta Semana Santa. Los ataques terroristas en Europa -el último en Estocolmo-, aunados a los horrores de Siria y Egipto, lo afectan en su profunda vocación por la paz y la justicia.

Los católicos tuvimos una enorme suerte, con la llegada de un jesuita a la silla de San Pedro. Desde el primer día se percibió su proclividad al cambio, en un afán por poner al día a la institución, que un sector del orbe, considera anacrónica.

Llegó cuando miles de fieles se alejaron de la práctica religiosa, al destaparse la cloaca de la pederastia eclesial, que algunos jerarcas quisieron mantener secreta. Poco se supo del esfuerzo de Benedicto XVI para sancionarla y erradicarla. Pasó desapercibido, máxime cuando Ratzinger dimitió, en gran medida, por su imposibilidad para meter en cintura a quienes conforman una burocracia maquiavélica e inamovible.

Bergoglio empezó por poner orden en las finanzas. La corrupción era funesta. Retiró de sus cargos a quienes las manejaban y los sustituyó por personal de su confianza. La cuestión económica se enderezó y se acabaron los chanchullos.

Siguió con la pederastia y creó una Comisión de expertos, con el objetivo de acabar con la lacra que lastimó a la institución en pleno. Se eligieron a 15 personas, religiosos y laicos, la mayoría víctimas del delito.

Fue muy claro: ni un caso más. El grupo, a cargo del cardenal O´Malley, propone iniciativas para combatirla. Lo hace a través de recomendaciones, con la anuencia papal. Tampoco les ha sido fácil. Hace un par de meses renunció Marie Collins, irlandesa que sufrió abuso en su niñez. Irlanda fue uno de los países con más expedientes, que algunos obispos taparon por décadas.

La salida de Collins fue un golpe, al denunciar la “resistencia y vergonzosa falta de cooperación, de algunos miembros de la curia romana, sobre todo de la Congregación de la Doctrina para la Fe”.

En México se escucha poco de las estrategias; en Estados Unidos ya se aplican con rigor, a fin de evitar, o denunciar, cualquier abuso a cargo de un religioso. Hay controles duros y los pastores están bajo lupa. Se acabó la protección y el presunto implicado va a juicio.

Francisco instituyó sanciones drásticas contra los obispos encubridores, que incluyen su destitución inmediata. Implementar las recomendaciones, a nivel internacional, es arduo frente al rechazo del oscurantismo. Sin embargo, empiezan a tener efecto, tanto en la denuncia como en el combate al estigma.

Libra otra batalla, contra el conservadurismo de un ala de la alta jerarquía. El rechazo a su documento, Amoris Laetitia (La alegría del amor) fue estruendoso. El texto exhorta a la apertura en el trato con los católicos divorciados. Presenta una Iglesia tolerante a los asuntos relacionados con la familia actual.

Cuatro cardenales le enviaron una carta de protesta, que hicieron pública. Tres están en retiro y uno en funciones, el estadunidense Raymond Leo Burke.

Burke, mancuerna del jefe de asesores de Trump, Steven Bannon, ha sido uno de los más duros críticos de Francisco. Al cardenal se le removió de un alto cargo, que ocupaba en la Santa Sede y después del de patrono de los Caballeros de Malta. Su inquina contra el jesuita es manifiesta y se le atribuye, junto con Bannon, una campaña de desprestigio contra el Pontífice.

Días duros para quien es imagen y propulsor de la misericordia. Por el bien del catolicismo, esperemos que, el soldado de Ignacio de Loyola, soporte la arremetida.
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Tuiter: @catalinanq