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De cara al sol

  • Andrea Cataño

IMSSensatez

El Instituto Mexicano del Seguro Social es para mí una institución muy querida. Durante 14 años trabajé ahí cuando lo presidía, primero, don Arsenio Farell Cubillas y, después, Ricardo García Sainz. Empecé en 1979, como redactora en la recién creada Dirección de Publicaciones y tuve la suerte de colaborar, entre otras muchas obras importantes, en la maravillosa edición que se hizo del Códice Badiano, legado invaluable de botánica y medicina tradicional mexicana que realizaron, en el siglo XVI, Juan Badiano y Martín de la Cruz.

En esos tiempos el IMSS tenía finanzas sanas y brindaba un servicio médico de gran calidad. Recuerdo que don Arsenio de repente se montaba en un helicóptero y caía de sorpresa en clínicas u hospitales, elegidas al azar o porque había recibido alguna queja con respecto de la atención. Llegaba, pues, de incógnito y a todo aquel que no estuviera cumpliendo con su deber, lo despedíaipso facto. Así se las gastaba este funcionario que ha sido uno de los mejores directores que ha tenido el Seguro Social.

Hoy en cambio, la situación es muy distinta. Para empezar, la capacidad de atención está desde hace mucho rebasada. Por ejemplo, la tía de una colaboradora mía que tenía un tumor en el cerebro (meningioma), de no ser porque un médico consciente intervino, hubiera obtenido cita en el servicio de neurocirugía hasta dentro de tres meses, cuando tal vez ya hubiera sido demasiado tarde.

Si a uno se le ocurre enfermarse de gripa o del estómago, recibir atención es casi imposible. Resulta que ahora, por ejemplo, en la Clínica 43 se reparten nada más tres fichas al díapara quienes no tienen padecimientos crónico-degenerativos (léase diabetes o hipertensión), únicos padecimientos que se atienden con citas programadas. Entonces, el derechohabiente, si no alcanzó alguna de las tres fichas, debe acudir al servicio de urgencias, que es de terror. Todos están abarrotados y no hay manera de clasificar cuáles casos requieren atención inmediata. El servicio se da por riguroso turno, entonces si alguien llega con síntomas de infarto o derrame, pero antes hay 40 pacientes, pues que el corazón o a la hemorragia se esperen hasta su turno. Y si lo que llevó a alguien a buscar atención era una gripa común, puede que ahí pesque hasta sarna, entre el hacinamiento y la indiferencia de los empleados que están vacunados contra el dolor ajeno y el sentido común.

Tengo una buena impresión del nuevo director, Mikel Arreola. Hizo un excelente papel como titular de la Cofepris, pero creo que ha cometido su primer gran error. Tal vez tuvo que aceptar y adoptar como suya la brillante medida de afiliar gratuitamente a los estudiantes de nivel medio superior y superior que estudien en escuelas públicas. La cifra de los que acaban de incorporarse es de tres millones (Oh, my God!) y se pretende que la cifra de estudiantes afiliados llegue a siete millones.

El hecho de que los estudiantes cuenten con atención médica me parece genial, siempre y cuando se cuente con capacidad instalada, personal médico y administrativo suficientes, así como con los insumos y medicamentos requeridos para dar una atención oportuna y de calidad a todos los derechohabientes.

Si los servicios están saturados, si las citas para especialidades tienen tiempos de espera de meses, si no hay bastantes medicamentos y materiales de curación, si los aparatos de rayos X, tomografía, resonancia, ultrasonido, etcétera, se descomponen hoy si y mañana también y tardan meses en repararlos -y esta es una realidad que padecen a diario los derechohabientes y el personal médico del Instituto-, ¿qué va a pasar con siete millones más de afiliados que, además, no aportarán un centavo?

Más que una acción de justicia social con la que estoy totalmente de acuerdo si en lugar de México, viviéramos en Suecia, se antoja pensar que la medida tiene tintes electorales. ¿O no?

andreacatano@hotmail.com