imagotipo

De Cara al Sol

  • Andrea Cataño

  • Andrea Cataño
  • Cristales de tiempo

Los últimos acontecimientos políticos nacionales escapan a la comprensión de mi única neurona. Igual que millones de mexicanos, esperaba que el presidente Peña Nieto le hubiera exigido una disculpa pública al odioso e impresentable Donald Trump, en lugar de haberle engordado el caldo de su campaña. Se entiende que por razones de Estado exista la necesidad de invitar a los candidatos a la presidencia del país vecino, pero los tiempos para la visita a México del magnate racista no pudieron ser peores, como desafortunadas fueron las declaraciones exculpatorias de EPN a sus insultos y el hecho de que no hubiera aclarado en la conferencia de prensa que México no pagaría por el muro. Y hasta aquí con la política de la que ya estamos hartos. Mejor me ocuparé de un tema mucho más grato y reconfortante: la poesía de Elena Garro.

Conocía yo a la novelista —verdadera creadora del realismo mágico con Los recuerdos del porvenir—, a la dramaturga, a la narradora, a la guionista, a la periodista, a la maestra del reportaje, pero ahora, a cien años de su nacimiento, acabo de descubrir a la poeta, gracias al trabajo incansable de su biógrafa, de Patricia Rosas Lopátegui, a quien debemos la recopilación de los poemas de Garro recientemente publicados por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Fue a ella a quien la escritora le entregó la colección de poemas que hoy podemos disfrutar bajo el título Cristales de tiempo.

Garro es dueña de una pluma de un exquisito lirismo presente en toda su obra, desplegado luminosamente en su poesía. Narro Rosas Lopátegui, en su estudio preliminar, en una entrevista que le hizo a Helena Paz, le preguntó si era verdad que su padre le había prohibido a su mamá escribir poesía y que le respondió sin titubeos: “Mi papá le prohibía escribir todo. No solo poesía, todo, no la dejaba expresarse. Recuerdo que un día lo fui a ver y le dije que la dejara expresarse. Y él le preguntó ‘¿Crees que así se le quite la locura?’. Yo le repliqué: ‘La locura no, porque mi mamá no está loca, lo que se le va a quitar es la depresión”. Debe haber sido terrible vivir bajo el yugo de un hombre celoso de su genialidad.

En 1957, mi madre, Margarita Michelena, en un texto titulado Poesía en Voz Alta: Creación y revolución, publicado en Hoy, celebró el “talento tan larga como injustificadamente ocultado por su dueña” y festejó su potente y acaudalada imaginación para transportarnos a la sustantividad del ser humano: “Por (las obras) circula la poesía en libertad (…). Hay que ser todas las cosas, ellas mismas, por el corazón y por la orilla. Hay que ser la poesía, la inocencia total y sagrada del mundo. Con estas páginas en que fluye la frescura metafórica más rica y más viva, Elena Garro prueba (…) que la inocencia, que la facultad de maravillarse son el mágico manantial de donde brota, temblando en su gracia original, infalsificable, la poesía. Y que la poesía es, a su vez, la única forma posible de recobrar la verdadera sabiduría, esto es, la inocencia”.

Todos los poemas de esta amorosa recopilación tienen vida propia. Hay algunos con varias versiones, pero casi todos llevan un entramado de dolor y soledad. Para que se olviden un poco de los aciagos tiempos que vivimos, les dejo hoy “Es de noche (Versión 2)”: Es de noche/ y te escribo desde el bosque/ Los picos voraces devoraron/una a una las migas que marcaban/ mi paso entre los árboles/ Las palabras caen/ pájaros secos,/ hojas haciendo círculos/ dentro del círculo que habito./ ¡Ay, hermosura!,/ túnel profundo/ abierto en el profundo cielo/ que me mira.

“Cristales de tiempo, poemas inéditos de Elena Garro, edición, estudio preliminar y notas de Patricia Rosas Lopátegui”, ya está a la venta. Lo recomiendo, porque la poesía redime, consuela y es un antídoto eficaz contra el desánimo.
andreacatano@gmail.com