imagotipo

De Cara al Sol

  • Andrea Cataño

  • Andrea Cataño Michelena
  • El sabio y sus libros

Hoy quiero compartir con mis lectores una hermosa noticia: la biblioteca personal del gran humanista y políglota Ernesto de la Peña fue donada por su viuda, María Luisa Tavernier, y es ahora patrimonio de los mexicanos. Los más de seis mil volúmenes que lo arroparon en vida forman ya parte del acervo del Centro de Estudios Históricos de México, ubicado en un recinto lleno de paz y luz, en Paseo del Río 186, en el antiguo barrio de Chimalistac.

El amor por el conocimiento que fue la vocación de mi querido tío Ernest (como siempre lo llamé desde niña), surgió gracias a un problema de salud: tenía un soplo en el corazón que le impedía correr y saltar como los otros niños. Al quedar huérfano de madre a los siete meses, a Ernesto lo crió su tío abuelo, Francisco Canale, médico, humanista y experto conocedor del griego y el latín; ante su condición,un día Don Francisco le dijo que le daría algo que ningún otro niño de su edad tendría y le enseñó griego; con el aprendizaje de esta lengua se encendió en Ernesto una insaciable sed de conocimiento.

De la Peña heredó la biblioteca de su tío, con más de 18 mil volúmenes. Le preocupaba mucho el destino de ese tesoro. Lo comentó con mi madre, hace muchos años, en la sobremesa de un pantagruélico banquete cocinado por los “gastronautas”, como había bautizado Ernesto al pequeñísimo grupo que se reunía para ensayar las recetas antiguas que traducía en sus ratos de ocio. A esta inquietud, mi madre le dijo: “No te preocupes, Ernest, vamos a buscar a Carlos Slim; si alguien puede velar por el destino de tu biblioteca, es él”.  Y, efectivamente, se reunieron con Don Carlos, de quien, además, nació la generosa idea de que Ernesto fuera quien la cuidara de manera vitalicia.

Ernesto De la Peña era, sin duda, un políglota inédito: dominaba el griego –en todas sus variantes–, el latín, el arameo, el sánscrito, además de todas las lenguas modernas imaginables. Era un especialista en religiones y sus conocimientos bíblicos le ganaron prestigio entre los estudiosos de las Escrituras. Poseía una colección de biblias en casi todos los idiomas. Un día, su hijita Mireya se quedó a dormir en mi casa y al día siguiente fue conmigo a la escuela con una biblia en húngaro bajo el brazo.

Cuando me empeñé en aprender ruso, mi tío tomó de un estante de su casa-biblioteca, una gramática rusa y me la prestó para que empezara por memorizar el alfabeto cirílico. Muchas veces tuvo que cambiarse de casa porque ya no le cabían los libros. Cada mudanza era una proeza logística: organizar los libros en cajas numeradas y con sus respectivas lista y hacerse de más libreros, a veces improvisados con tablas sostenidas por ladrillos, porque casi siempre, como él mismo decía, “estaba en las mandíbulas de la miseria”.

A la maravillosa biblioteca habría que añadir la colección de discos. Era un melómano entusiasta. Una tarde inolvidable la dedicó a ponernos diferentes versiones de la famosa aria de Turandot, Nessum Dorma. La escuchamos con los mejores tenores del siglo XX: Beniamino Gigli, el sueco Jussi Björling, Francesco Merli, Giuseppe di Stefano, Mario Lanza, Franco Corelli —su favorito en esta aria—, José Carreras, Plácido Domingo y, claro, Luciano Pavarotti; en cada una nos hacía apreciar detalles que solamente su finísimo oído era capaz de percibir, con la sencillez de los verdaderos genios.

Si existe la vida eterna, mi tío Ernest debe estar feliz de saber que sus libros están resguardados en un lugar privilegiado, accesibles a todo aquel que desee acercarse a ellos y disfrutar de la energía que guardan los millones de páginas a las que dio vuelta con sus dedos, donde sus ojos se posaron y su corazón amó.
andreacatano@gmail.com