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De Cara al Sol

  • Andrea Cataño

  • Muro y ecocidio
  • Andrea Cataño Michelena

Todo parece indicar que la construcción del muro fronterizo prometido por Donald Trump desde su primer día de campaña, es inminente. No será tan fácil ni tan rápido ni lo pagaremos los mexicanos, como pretende el flamante presidente de la nación más poderosa del mundo, sin embargo, la construcción de dicho muro no solo ha afectado ya las relaciones bilaterales sino que se cierne como un grave peligro para la biodiversidad de la región. Claro que poco habrá de importarle el equilibrio ecológico de la frontera a un individuo que no cree en el cambio climático sobre todo, porque no le conviene a sus intereses económicos.

No obstante, a nosotros sí debe preocuparnos el daño que pueda sufrir la vasta zona donde se piensa edificar el muro de la ignominia que, contra lo que pueda creer Trump, no será suficiente para contener la migración, solamente la hará más difícil agudizando el ya de por sí terrible drama humano de quienes huyen de la miseria en busca de trabajo que, de encontrarlo, será seguramente mal pagado y en condiciones cercanas a la esclavitud, en puestos que nadie más quiere tomar.

Pero vayamos al desastre ecológico. Una barrera de 3 mil 200 kilómetros afectaría a la fauna que vive en los frágiles ecosistemas desérticos ubicados en la frontera entre Estados Unidos y México. Las reservas de alimento, el apareamiento y las rutas de migración se alterarían, causando un daño irreversible a un sinfín de especies, incluyendo algunas extraordinariamente raras como el jaguar de Sonora y el lobo gris mexicano.

La frontera entre México y Estados Unidos conforma una serie de ambientes que incluyen dos ecosistemas únicos y altamente diversos: El Valle del Río Grande en Texas y las SkyIslands. El Valle de Río Grande es uno de los lugares con mayor diversidad en Norteamérica, con unas 700 especies de vertebrados y obtiene ingresos  por 463 millones de dólares al año, de turistas deseosos de observar la vida salvaje, como los ornitólogos que vienen a ver a miles de pájaros volando en migraciones masivas. La subsistencia de linces, jabalíes, tigrillos, venados, unas 500 especies de aves migratorias y decenas de anfibios y reptiles, depende del libre movimiento a lo largo de su región.

De acuerdo con un informe hecho el año pasado por el US Fish and WildlifeService, un muro que cubra esa frontera de tres mil 200 kilómetros, con mil 600 kilómetros de espacio desarrollado a cada lado, afectaría a 111 especies en vía de extinción, 108 especies de aves migratorias, cuatro refugios salvajes, criaderos de peces y un número indeterminado de humedales protegidos.

Es posible predecir el daño que va a causar el muro de Trump basándonos en ciertas porciones del borde que sirvieron en 2005 para, como parte de un proyecto. Durante la administración de George W. Bush, se levantó una cerca de cinco metros y medio, con un cable de acero con púas, la cerca cubrió mil 046 kilómetros del límite fronterizo entre California y Texas. Para 2011, la población de unas 16 especies se había reducido 75 por ciento. Algunas especies como los tigrillos en Texas (solo hay unos 50 ejemplares en Estados Unidos), fueron desprovistos de sus contrapartes mexicanos, llevando a que se perdiera aún más la diversidad genética y se han visto bisontes tratando de escalar la cerca de el alambre de púas en busca de agua y comida.

El respeto a la biodiversidad que es la herencia de la tierra es un potente argumento adicional para seguir oponiéndonos a la construcción del muro de la ignominia y de la muerte. No al muro, unamos nuestras voces.
abdreacatano@gmail.com