imagotipo

De Cara al Sol

  • Andrea Cataño

  • Ensueños lilas
  • Andrea Cataño Michelena

Es el más hermoso y sutil de los avisos: ¡ya viene la primavera! Este regalo que recama los cielos de la Ciudad de México de ensueños lilas y alfombra las calles con el lujo de su prodigioso color, son las jacarandas floreando. De acuerdo con el libro Árboles de la Ciudad de México, en los años 30, los primeros árboles de esta variedad se embarcaron en Manaus, Brasil, con destino al puerto de Veracruz para pintar su paisaje por primera vez de lila. A partir de entonces las jacarandas no tardaron en replicarse en decenas de ciudades. La gente, cautivada por su delicada belleza, las plantó en calles, jardines, plazas y avenidas.

Uno de mis primeros recuerdos de la infancia es el de las gloriosas jacarandas de la calle de Martín Mendalde, en la colonia Del Valle. Me contaba mi tía Gela que apenas empezaba a hablar y le decía: “Vamos a ver las ‘papaanas’, Chelacotita”. Desde entonces esta es mi temporada favorita del año, como lo era también la de mi madre. Jamás dejó de asombrarnos su fugaz encantamiento. En la Ciudad de México los primeros lugares arropados por jacarandas fueron un largo tramo de la avenida Insurgentes, así como los parques España y México, en la colonia Condesa. En el Parque México, por ejemplo, en estos días, sobre la calle de Michoacán que lo cruza, se puede disfrutar el dosellila que tejen su encaje soberbiolas jacarandas entrelazando las aceras.

Y estos árboles están en nuestro país gracias a un japonés de corazón mexicano, cuya sapiencia en materia de jardines era inconmensurable y cuyas manos amorosas sentían latir el corazón de las plantas: Tatsugoro Matsumoto. Quienes hayan visitado Japón coincidirán conmigo en que sus parques y jardines son de una belleza sobrecogedora capaz de serenar con sus infinitos verdes al espíritu más atribulado. En ellos reina una armonía que respeta la libertad de cada árbol, cada arbusto, cada flor.

Las jacarandas nos bañan fugazmente con su lluvia violácea en lugar de las ciertamente maravillosas flores de los cerezos que cubren el Japón y la ciudad de Washington, gracias a que en 1912, en entonces alcalde de Tokio obsequió más de tres mil árboles de esta especie a la capital estadunidense. Según el especialista en estudios nipones, Sergio Hernández Galindo, durante la presidencia de Pascual Ortiz Rubio, surgió la intención de traer a México cerezos como los de Washington y solicitó al Gobierno japonés la donación de estos árboles. Las autoridades niponas, antes de acceder a la petición del presidente Ortiz Rubio, consultaron con Matsumoto, quien ya tenía varios años de residir en nuestro país. El gran botánico explicó entonces a ambos gobiernos que era indispensable que se diera un cambio drástico de temperatura entre el invierno y la primavera para que los cerezos consiguieran florear.

Más adelante se trajeron las jacarandas, de las cuales hay más de cincuenta variedades, aunque la más conocida es la Jacaranda Mimosifolia. El árbol, oriundo de Sudamérica, alcanza hasta treinta metros de altura y las cualidades de su madera son muy valoradas por los ebanistas.

Hoy en lugar de ocuparme de temas políticos (invariablemente negros y, en el mejor de los casos, grises), decidí escribir este pequeño homenaje a mi árbol predilecto, al colorido heraldo de la primavera: la jacaranda. ¡Bienvenidas sus flores que reconfortan y nos recuerdan que la vida siempre se renueva, como deben hacerlo, malgré tout, nuestra esperanza.
andreacatano@gmail.com