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De cara al Sol

  • Andrea Cataño

  • Andrea Cataño Michelena
  • Embarazo precoz

Según datos de la Secretaría de Salud y de la Secretaría de Gobernación, diariamente en México, 30 niñas menores de catorce años dan a luz; es decir, 11 mil al año. Esta información es alarmante y representa un problema de salud pública muy serio. El propio secretario de Salud, el doctor José Narro Robles expresó su preocupación en cuanto a que entre 2000 y 2014 se reportaron 165 mil embarazos de niñas menores de 15 años, muchas de ellas víctimas de abuso sexual de familiares o personas cercanas a su círculo. Por ello, junto con el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, planteó la meta de llegar a 2030 con cero casos, mediante una estrategia nacional de prevención del embarazo adolescente.

Se han hecho esfuerzos, pero no han sido suficientes. Habría que pensar en dónde ocurren los embarazos más precoces y diseñar estrategias específicas para su prevención. No es difícil imaginar de dónde provienen estos casos. Se trata de las localidades más marginadas del país, incluyendo la Ciudad de México.

Además, los embarazos adolescentes repetidos están relacionados con mayores peligros de resultados adversos. Según la Unicef, en 2012, los decesos relativos al embarazo y al parto representaron la primera causa de muerte en mujeres de 15 a 19 años de edad en todo el mundo, con casi 70 mil muertes anuales. Adicionalmente, como consecuencia del embarazo y el parto, al menos 2 millones más de mujeres jóvenes, desarrollan alguna enfermedad crónica o discapacidad permanente. Por otra parte, cada año, de 2.5 a 4 millones de adolescentes recurren a un aborto no seguro y el 90 por ciento de las muertes maternas se registra en países en vías de desarrollo y de estas muertes, la mayoría, un abrumador 74 por ciento, es prevenible.

El embarazo precoz es considerado como de alto riesgo, ya que una adolescente no se encuentra ni física ni mentalmente preparada para la maternidad. Las embarazadas precoces son más susceptibles a sufrir abortos espontáneos, partos prematuros; productos con bajo peso y si la madre es menor de 15 años, mayor riesgo de hijos con malformaciones.

Y estos son solamente las consecuencias sobre la salud; existen también las psicosociales como el miedo al rechazo de parte del entorno social de la joven, empezando por el de su familia; la que ella puede sentir por su propio hijo, al tener que asumir una responsabilidad para lo que no está preparada y el fracaso o el abandono escolar que significa la posibilidad de que esa madre joven y su hijo, sufran más pobreza y marginación derivadas de la interrupción de la formación académica que es la única opción para acceder a una vida productiva con mejores oportunidades.

¿Qué hacer, entonces? La estrategia para la prevención del embarazo adolescente debe incluir intervenciones directas con los padres, los maestros y los adolescentes, hombres y mujeres, que incluyan información y talleres de sexualidad, acceso gratuito a los métodos anticonceptivos de forma anónima (como, por ejemplo, expendedores gratuitos de condones en los baños de las escuelas, por polémico que esto parezca); brigadas especiales para las zonas rurales, teniendo como interlocutores al personal de salud de las comunidades (es difícil, pero no imposible); acceso a los servicios de interrupción del embarazo donde sea permitido; el diseño de un programa nacional de detección, seguimiento y atención obstétrica para adolescentes, vinculación con centros de adopción para quienes no puedan o no quieran quedarse con el bebé; un programa de reinserción escolar para madres adolescentes, que tenga como valor agregado un servicio de guardería para las jóvenes que no tengan con quien dejar al bebé.
andreacatano@gmail.com