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De cara al Sol

  • Andrea Cataño

  • Andrea Cataño
  • El ruso más maya

Siempre me he identificado con la intensidad del alma rusa. Su danza, música y literatura tienen la virtud de conmoverme, de sacudirme y de hacerme sentir la exaltación de esa sensibilidad que corre siempre al borde del precipicio emocional. Por eso, siendo todavía una niña, quise aprender ruso para poderme comunicar con los bailarines del Bolshoi, de cuyo excelso arte en perfecto movimiento sigo enamorada. Por eso hoy, quiero contarles la historia de un ruso que hizo una trascendente contribución cultural para nuestro país y para el mundo.

En los días en que se libraban las últimas batallas de la Segunda Guerra Mundial, a comienzos de mayo de 1945, entre los miles de soldados de Stalin que avanzaban sobre Berlín, estaba Yuri Valentinovich Knórosov. Decían que era excéntrico y brillante, con una enorme avidez de conocimiento. Asiduo lector de Sherlock Holmes y hábil para los idiomas, sabía leer árabe, chino y griego, dibujaba muy bien y tocaba el violín.

En los últimos días de abril, antes de la caída de la ciudad, en un intento por acercarse al centro, donde se encontraba el búnker de Hitler, el joven buscó un momento de descanso dentro de la Biblioteca Nacional que ardía en llamas y sus miles de volúmenes alimentaban el fuego. Yuri se conmovió a tal punto que, arriesgando su vida, de entre las cenizas, el humo y las balas, logró rescatar un par de obras que cambiarían su vida: “Relación de las cosas de Yucatán” de fray Diego de Landa y una edición facsimilar de “Los códices mayas”. Las guardó en su mochila y regresó al combate.

La toma de Berlín costó más de 155 mil vidas, pero Yuri tuvo la suerte de sobrevivir. Semanas más tarde regresó a Moscú, con dos curiosas obras que referían la historia remota de un exótico lugar llamado Yucatán. Estas obras lo hechizaron y le abrieron las puertas al universo de los mayas.

Knórosov no tenía en mente adentrarse en el conocimiento de la escritura maya; pero hacerlo fue para él un reto intelectual. En 1947 su maestro, el arqueólogo Serguei Tokarev, le dio un artículo del mayista alemán Paul Schellhas, titulado “El desciframiento de las escrituras mayas ¿un problema insoluble? y lo retó al decirle: “Si crees que cualquier sistema de escritura producido por seres humanos pueden leerlo otros seres humanos, ¿por qué no tratas de leer los jeroglíficos mayas?”. Knórosov aceptó el desafío que terminó por materializarse en su tesis doctoral en ciencias históricas en 1955.

Yuri llegó a la conclusión de que el “alfabeto jeroglífico” contenido en la obra de fray Diego de Landa era sin más, un silabario y lanzó su tesis en la revista Etnografía Soviética en 1952. Su estudio, sin embargo, no fue bien recibido -incluso fue atacado severamente-; el ambiente de la guerra fría propició que los mayistas occidentales -particularmente J. Eric Thompson- rechazaran el trabajo de un “comunista” quien, para más, no había hecho estudios de campo en México.

El hallazgo de Knórosov fue aceptado mundialmente hasta la década de 1970; su interpretación del alfabeto de fray Diego de Landa ha sido equiparado al descubrimiento de la piedra Roseta que facilitó la clave para descifrar los jeroglíficos egipcios.

El 31 de marzo de 1999, Yuri Knórosov falleció en San Petersburgo.

Logró salir de la Unión Soviética hasta 1991 para viajar a Guatemala y en 1995 visitó tierras mexicanas; quedó prendado de Xcaret donde actualmente está el Centro Knórosov de la Lengua y Epigrafía Maya, dirigido por su alumna, la doctora Galina Ershova.
andreacatano@gmail.com