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De Justicia y otros mitos

  • Sergio Valls Esponda

  • Sergio Arturo Valls Esponda
  • Digno final

Corrupción, inseguridad, educación y miseria. Todos sabemos que son los principales problemas nacionales, la buena noticia es que tienen solución y está en nosotros: Talento, entrega, generosidad, trabajo, honestidad y pasión por México. Hay quien vive problemas más serios.

Imagínela. Es una paciente de 36 años, madre de dos hijas. Ingresó en la Unidad de Terapia Intensiva con quemaduras de segundo y tercer grado en el 84 por ciento de su cuerpo. En este tipo de lesión las terminaciones nerviosas son destruidas, pues la fuente térmica penetra por todo el espesor de la piel, incluyendo vasos sanguíneos. Se compromete la capacidad de regeneración.

No fue un accidente. Fue golpeada hasta quedar inconsciente, luego rociada con gasolina y quemada por su marido quien, en un arranque de celos e intoxicado por alcohol, resolvió ejecutarla frente a sus hijas. Tras 6 meses en terapia intensiva, se logró la extubación. Las secuelas: amputación de una pierna, disminución del 90 por ciento de capacidad visual, rigidez en ambos brazos con manos en garra y pérdida de seis dedos.

Inició la dura rehabilitación con la compañía de su madre e hijas. Un año después, permanecía internada por infecciones recurrentes y gran parte del cuerpo permanecía sin cicatrizar. Para el control del dolor los medicamentos le producían cierto grado de pérdida de contacto con la realidad. Los médicos dispusieron la Limitación del Esfuerzo Terapéutico (LET) porque consideraron que mostraba actitud apática, no colaboraba en la rehabilitación, rechazaba la alimentación y tras 13 meses de ingreso, existía un estancamiento en su evolución clínica. Después de 20 meses perdió la visión por completo, los dolores aumentaron, tenía periodos de pérdida de conocimiento y los pronósticos eran desalentadores. Parecía que, más allá de preservar la vida, se prolongaba su dolor.

Existen rasgos comunes a estas muertes artificialmente diferidas: el engaño médico que, a través de la necedad curativa, se convierte en calabozo hospitalario del paciente y tiene como resultado la condena inevitable a la tortura, agonía y sufrimiento.

El médico es responsable de esta fase terminal, pues es él quien empieza por no decir todo lo que sabe, aun cuando no tiene esperanza, y está frente a la autoridad imperiosa de la muerte. Le sigue en responsabilidad la familia, que prefiere ignorar lo evidente. Tampoco quieren ahorrar esfuerzos aun si son inútiles y con resultados terribles para la dignidad agónica. El conflicto planteado es entre el derecho del paciente a la vida y a recibir atención y la obligación del médico de no infligir daño.

No hubo quien dijera lo que todos sabían pero no querían ver: imposible salvarla. Lo único viable era no dejar que muriera aunque, de hecho, ya lo estuviera. Al final, se fue sin despedirse. ¿Alguien lo autorizó? Nadie lo quiere saber. En el país la regulación en la materia es ambigua. Cometer un crimen o asistir a un enfermo terminal es cuestión de interpretación. Ella no solo dejó de sufrir, el alivio que provocó al partir devolvió la vida a quienes sin darse cuenta morían a su lado.

Me despido con una polémica frase: “En México es legal privar de la vida a quien pudo ser, pero ilegal privar de la muerte a quien dejó de ser.”
Nota: Un análisis de la legislación actual en la materia y de la figura del testamento vital aparecerá en el próximo ejemplar de la revista “Foro Jurídico”.