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De Justicia y Otros Mitos

  • Sergio Valls Esponda

En agradecimiento a la UIA.

  • Sergio Arturo Valls Esponda
  • Una Vida

Las cosas valen tanto como el apego que sean capaces de suscitarnos. “Reduce tus pertenencias a aquéllas que puedas dejar bajo la lluvia”, dijo un sabio. Yo agregaría: “mientras cantas”. Gracias a la lectura, hábito que sobrevive a otros no tan benignos, hay en mis adquisiciones algo de verdadero valor y significado. Mis libros, mis lecturas. Los he rescatado de una angustiosa dispersión. Conforman una bibliografía cuyo mérito no merece ser escamoteado con falsas modestias. Es estupenda. No por abundante, sino porque la integran mis autores favoritos. Libros viejos, antiguos, rarezas, ediciones príncipe y ediciones mendigo, libros todavía envueltos en celofán, libros inconseguibles, libros de pliegos vírgenes, libros gastados como zapatos, libros dedicados, libros heroicamente rescatados demudanzas. Los he leído, como sugería Borges, no como una obligación, sino como un placer.

Considero que lo peor que se le puede hacer a un libro es incorporarlo en la lista de lecturas obligatorias para primaria. Leer La Iliada, La Odisea o La Divina Comedia a los 12 años es absurdo y contraproducente. Por eso, creo, fui un lector tardío. Porque no hay mejor manera alejar a un púber de los libros.

Como un maratonista alcanzado por el pundonor, me obligué a compensar mi rezago.Devoré letras, sin reposo ni criterio. Error.Muchos libros quedaron, inconclusos, en el camino. Adjudiqué la culpa a los autores, a su impericia para atraparme. Así, de a poco, fui reconociendo los temas que me inquietaban. Me gusto la filosofía, la luz que encendía en medio de la bruma que eran para mí la política y el derecho. Encaré las preguntas básicas, ésas que no cambian desde hace centurias y que problematizan, sin elucidarlas, la vida y la muerte. Me entregué a los enigmas que supieron intrigarme. Entendí que lo que nos diferencia del resto de los seres vivos es la consciencia de que nos vamos a morir. Coincidí con cierto poeta en que ningún instante de la vida resplandecería si no se recortara sobre el fondo oscuro de la muerte. Un hombre libre piensa menos en la muerte, quizá porque la admite, y su sabiduría es una meditación de la vida. La muerte nos ayuda a hacer los días más habitables.

Continúe mis aventuras en temas diversos. Leí que conocer la ignorancia es el principio del saber, con el tiempo engordó mi conocimiento inconsciente tanto como mi ignorancia consciente. Y, sin saber que me había estado preparando largamente para ese momento, una mañana de diciembre del 2014, tomado de mi mano y escuchándome hablarle al oído, murió mi papá. Entonces entendí que yo de la muerte no sabía nada. Las cosas importantes de la vida, por ser vivencias, no figuran en los libros.

Murió un día, vivió miles. A la distancia comprendo el mejor consejo que recibí cuando falleció. Me lo dio una persona que no ha leído un solo libro pero que sabe escuchar la música que canta un río: “La muerte no se sufre, la vida sí se celebra”.

Dentro de los festejos de esa vida, el día de hoy la Universidad Iberoamericana le rinde un homenaje a quien fue su docente por 36 años. El profesor Sergio amaba dar clases siempre desde muy temprano. Aquel temblor que devastó las instalaciones de Churubusco en marzo de 1979, pasadas las cinco de la mañana, lo pilló en el baño, preparándose para su clase. De su mano los hijos lo acompañamos a ver ese monumental emparedado de concreto y fierros. Ni eso impidió que continuara dando clases en aquellas galeras provisionales.

Las razones que expresaba cuando le preguntaban por su obsesión académica eran tres: “Me obliga a estar actualizado porque un abogado nunca deja de estudiar, el contacto con los jóvenes es una bocanada de esperanza y energía; además; quiero estar preparado para entender mejor a mis hijos. “Y a tal punto llevó su congruencia que, pasados los 55 años, cursó un Diplomado en Historia de México, también en la Ibero.

“La Verdad Nos Hará Libres” reza el lema de esa casa de donde egresaron mis hermanos abogados. Me gusta pensar que una escuela representa el lugar en verdad libre y sagrado de las sociedades. Por eso también entiendo como un acto de congruencia honrar a quien, además de ser catedrático, fue un hombre generoso que supo mostrar, con el esforzado y modesto ejemplo cotidiano, que la vida es también la suma de los tiempos dignos.
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