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De Justicia y Otros Mitos

  • Sergio Valls Esponda

  • Sergio Arturo Valls Esponda
  • Otra Guevara

En una carta fechada en 1964, María Rosario Guevara, dama de la sociedad española, le preguntaba a Ernesto Guevara si eran parientes dado que llevaban el mismo apellido y se sabía que “el Che” nació en España. Es célebre la respuesta del guerrillero: “No creo que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es más importante”.

Ese fue exactamente el sentimiento de la mayoría de mexicanos cuando nos enteramos de la golpiza que le dieron a otra Guevara: Ana Gabriela, orgullo nacional en las Olimpiadas de 2004. Pero no es su persona o su excelencia profesional lo que hace intolerable la agresión. La misma indignación se produce ante cualquier altercado donde varios barbajanes tunden a patadas a una persona derribada, quien sea.

En el caso de la medallista, por unos días condujo nuestra atención a un tema siempre presente, aunque para quien no lo experimenta o no lo quiere ver es por lo menos latente: la violencia de género. Y, aunque parezca absurdo, el hecho evidenció lo evidente: no importa si eres pobre, rica, estudiante, ama de casa o política. Ser mujer en sociedades como la nuestra implica vivir en desventaja en todos los rubros. Cuesta asimilarlo, pero es así. Aunque hay avances, ser mujer es aún un factor de riesgo y te hace víctima potencial de varios tipos de delito y de formas de violencia —de las más sutiles a las más brutales— sufridas exclusivamente, o casi, por mujeres.

Pero bien pronto, como suele ocurrir, la víctima siguió recibiendo agresiones. Pasada la indignación, apagados los ecos del “qué barbaridad”, irrumpió, como una patada en la cara, nuestro más común y vergonzoso recurso para enfrentar las injusticias: ignorarlas, minimizarlas o hacerlas nulas a través de la burla, ese humor mezquino, ese linchamiento masivo del que platicamos apenas hace una semana. Incómodo, leí una buena cantidad de comentarios y memes sobre el incidente, la mayoría haciendo escarnio de la agredida. A causa de una andanada de ocurrencias machistas, homofóbicas, carentes de argumento pero llenas de odio y cinismo, el tema de fondo desapareció.

No me opongo al humor. Al contrario, es un inconfundible signo de inteligencia. Cuando se trata de una construcción ingeniosa e inesperada, gratifica. Pero cuando depreda, humilla o enmascara una verdad que pide salir a la luz, es dañino. Por ajenos que nos sintamos a los hechos, nada justifica mirar para otro lado o aplaudir a los abusivos.

Ahora que vivimos atrapados en las redes, que somos ciudadanos también de esas patrias virtuales, cabe preguntarnos cuál es nuestra contribución para vivir tiempos más dignos, de qué esfuerzo somos capaces. Lo menos, es mantenernos informados y no abaratar la indignación, al grado de cambiarla por la sonsera viral del momento.

Me despido con otra frase de Guevara, el Che: “Sean capaces siempre de sentir en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquier persona en cualquier parte del mundo…”